Parte 5 Las reglas del juego de la vida
Imagínense a alguien con un pincel, de rodillas delante de una piedra escrita. Es un ejemplo, no un caso. No la limpia para que diga lo que él quiere: la limpia para leer lo que dice. Y si dice algo que no esperaba, lo apunta igual.
En la parte anterior vimos qué manda el Arca. El autor quiso saber algo más, y lo pidió con una imagen suya: las reglas del juego de la vida. Pidió buscarlas como se busca en arqueología: texto a texto, en su original, sin dar por hecho lo que dicen.
La idea de esta parte es una sola: muchas tradiciones cuentan que se nos dio una ley para vivir, que se perdió y que hay un camino de vuelta, y ese camino lo anda cada uno. Lo veremos en tres pasos. Primero, lo que se dio, lo que se perdió y por dónde se vuelve. Después, quién juzga, con el séptimo sello del Apocalipsis; si todo se ve; y qué es un ungido. Y al final, lo que el autor lee en todo esto, que es suyo.
Primer paso: se dio, se perdió, se vuelve.
La obra leyó doce tradiciones con la misma pregunta, en tres partes. ¿Qué se dio? ¿Qué se perdió? ¿Y por dónde se vuelve?
Lo que se dio lo cuentan las doce: una ley, una enseñanza, una instrucción o una sabiduría para vivir, que no inventó el que la recibe. En la Biblia, un mandamiento que no está lejos, sino en la boca y en el corazón. En Egipto, la instrucción que el padre repite a sus hijos. En Grecia, el derecho y la justicia, dados a todos.
Que se perdió, o que muchos se apartan de ella, lo cuentan nueve. Con el largo tiempo, dice la Bhagavad Gita, en la India. Por olvido, dice el Corán. En China, el Daodejing cuenta lo que vino cuando se perdió el camino. Y en América, el Popol Vuh dice que a los primeros hombres se les empañaron los ojos, como un espejo en el que se sopla.
Y el camino de vuelta lo nombran diez. En nueve de ellas, volver es volver a lo que se dio. El profeta Jeremías lo dice así: preguntar por las sendas antiguas, y andar por ellas. Mencio, en China, lo llama buscar la mente perdida. La Gita, volver a decir la enseñanza antigua.
Y aquí está lo que más me interesa que se lleven de este paso. El camino lo anda cada uno, y nadie lo anda por otro. Quien enseña lo predica, avisa o da ejemplo, pero el trabajo es de cada uno. Lo dicen siete tradiciones con sus palabras, y entre ellas tres sin contacto documentado entre sí: Israel, la India y China. La mesa con sus tres patas, otra vez.
Ocho de las doce cuentan los tres tiempos enteros. Con la regla de la obra, el patrón se sostiene en esas tres patas; las demás coinciden, pero no cuentan aparte.
Y lo que no encaja también se dice. No todas cuentan la pérdida como culpa del hombre: en el Popol Vuh son los dioses los que empañan los ojos de los primeros hombres, porque lo veían todo. Y la vuelta no está en todas: Mesopotamia y el Popol Vuh no la nombran.
Segundo paso: el aviso, quién juzga y si todo se ve.
Después, la obra hizo dos preguntas más, porque tocan a todo lo que llevamos dicho sobre castigar y juzgar. ¿Hay aviso antes de la consecuencia? ¿Y quién la ejecuta? Leyó setenta y un textos de once tradiciones.
Antes de la consecuencia va el aviso. La primera prohibición del Génesis ya dice lo que pasará. El Corán dice que nunca castiga sin haber mandado antes un enviado. La Bhagavad Gita nombra las tres puertas de la ruina y manda dejarlas. Y en América, la Gran Ley de la Paz avisa tres veces al jefe que obra mal antes de deponerlo. Esto converge en dos patas de tres: Israel y la India.
El juicio último no es del hombre, y eso converge en las tres patas. En el Evangelio, los siervos no arrancan la cizaña, porque la siega es de los ángeles al fin del mundo. En la India, cada uno recoge la obra que hace. Y en China, el Daodejing avisa de que el que mata en lugar del encargado de matar rara vez no se hiere las manos. La otra cara está en la primera carta a los corintios, y la obra la deja sin resolver: «¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas?». Lo dice para que sus pleitos no vayan «delante de los injustos».
Pero la obra no se calla la otra mitad. En diez de las once hay también textos donde ejecutan los hombres. Y entonces, antes, van el aviso, la investigación y el límite. Nadie muere por el dicho de un solo testigo. A los testigos se les pregunta si le avisaron. Al tribunal que ejecuta a uno en siete años lo llaman destructor. Y el rey investiga antes de condenar, aunque lo pida todo el pueblo. Converge en las tres patas, y es lo que el Arca ya guarda: examinar antes de castigar.
Hay un texto que no encaja del todo, y la obra no lo esconde. Es un mito que cuenta Platón: Zeus manda repartir la reverencia y la justicia a todos, y añade una ley, que se dé muerte al que no pueda participar de ellas, como enfermedad de la ciudad. La obra lo dice tal como lo dice el texto, y dice también lo que el mismo diálogo cuenta de cómo se aplica: al que le falta se le enseña y se le castiga hasta que se haga mejor, el castigo mira al futuro y es para disuadir, no para vengarse, y lo último queda para el que se rebela contra la enseñanza y el castigo, por incurable.
Y una cosa más sobre quién juzga, con un libro que comparte nombre con la obra: el Apocalipsis, el último de la Biblia. Ya les dije al principio que la palabra quiere decir revelación. El libro cuenta que hay un libro «escrito de dentro y de fuera, sellado con siete sellos». La obra lo leyó en la Reina-Valera Antigua y en el griego, y dice esto, tal como lo dice el texto.
Primero, quién lo abre: «ninguno podía, ni en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, abrir el libro». Lo abre «el león de la tribu de Judá, la raíz de David, que ha vencido», y lo que se ve entonces es «un Cordero como inmolado». Y un detalle que importa, porque es de método. En la Reina-Valera, ha vencido «para abrir el libro, y desatar sus siete sellos»; el griego dice abrir el libro y sus siete sellos, sin «desatar». Y al abrir los sellos, el verbo es «abrió».
Segundo: el séptimo sello no es el final. Es un silencio. «Y CUANDO él abrió el séptimo sello, fué hecho silencio en el cielo casi por media hora». Detrás vienen siete ángeles con siete trompetas, y con la séptima llega «el tiempo de los muertos, para que sean juzgados». El séptimo sello no cierra nada: abre la serie siguiente.
Tercero, de quién es el juicio. El juicio es de Dios y del Cordero, y a cada uno según sus obras. Las almas que piden justicia se la piden a Dios: «¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra?». Y de los muertos dice que «fué hecho juicio de cada uno según sus obras». En toda la serie de los sellos y las trompetas no juzga ningún hombre. La otra cara está en el mismo libro, y la obra no la esconde: «Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos, y les fué dado juicio». Y converge con lo que acabamos de ver en el Evangelio: la siega es de los ángeles.
Y el cuándo, también con sus dos caras. El libro dice que «el tiempo está cerca». Y el Evangelio dice: «del día y hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino mi Padre solo». De no saber la hora, el texto no saca una fecha. Saca otra cosa: «Velad pues, porque no sabéis á qué hora ha de venir vuestro Señor».
Y una pregunta más, la última de esta búsqueda: ¿todo se ve?, ¿y todo queda escrito? Se leyeron trece tradiciones.
Todo se ve, en diez de las trece, también lo que se hace a escondidas. Un salmo dice que las tinieblas no le encubren nada a Dios. En la India, el dios Varuna está como tercero donde dos cuchichean. En China, la red del Cielo, de mallas anchas, no deja escapar nada. Las tres patas otra vez. En el budismo, en cambio, nadie mira: la consecuencia sigue sola a la obra.
¿Y queda escrito? En ocho, sí: un libro de memoria, unos libros que se abren en el juicio, unos escribas que anotan lo que hace cada uno. Pero aquí la obra frena, y fíjense en el método. Eso no converge en las tres patas: solo en una, Israel. En la India y en el budismo no hay libro ni escriba, porque la cuenta la lleva la propia obra de cada uno. Y el texto chino que lo dice es un tratado que su traductor sitúa en el siglo once, y el mismo traductor dice que lo que más influyó en el taoísmo fue la llegada a China del sistema de la India. No cuenta aparte.
Y una frase que mucha gente cita, la de que hasta los cabellos están contados, va entre dos llamadas a no temer. Habla del cuidado hasta lo más pequeño, no de un libro de las obras. Con su otra cara, también: Job se queja de que Dios lo mire a todas horas, y el Eclesiastés dice que de los muertos se olvida hasta la memoria.
Y una palabra más, que va a salir enseguida en la lectura del autor: ungido. La palabra «Cristo» sí está en los textos, y la obra los leyó. Esto es lo que dicen.
«Cristo» quiere decir ungido. Es un título, no un apellido, y el propio Nuevo Testamento lo traduce: «Hemos hallado al Mesías (que declarado es, el Cristo)». De Jesús dice que Dios lo «ha hecho Señor y Cristo», y que «le ungió Dios de Espíritu Santo y de potencia». En la Biblia hebrea se llama ungido al sacerdote; al rey, «el ungido de Jehová»; y hasta a un rey extranjero, Ciro de Persia: «á su ungido, á Ciro», «aunque no me conociste».
¿Y qué es ungir? Untar con aceite para un oficio. Con el mismo verbo hebreo se pinta una casa y se unta un escudo. Se unge al sacerdote, al rey y al profeta. Y el Espíritu muda al que se unge. A Saúl, al ungirlo, le dicen: «serás mudado en otro hombre». De David: «desde aquel día en adelante el espíritu de Jehová tomó á David». E Isaías junta la unción, el Espíritu y una tarea: «EL espíritu del Señor Jehová es sobre mí, porque me ungió Jehová». Jesús lee ese pasaje y lo dice de sí.
En la Biblia hebrea se unge a unos pocos, por su oficio. Pero Moisés desea: «ojalá que todo el pueblo de Jehová fuesen profetas». Y el profeta Joel promete: «derramaré mi Espíritu sobre toda carne». En el Nuevo Testamento ya es de todos los que creen: «la unción que vosotros habéis recibido de él, mora en vosotros».
Y la mesa, otra vez, con sus tres patas. En las tres tradiciones sin contacto documentado entre sí, alguien recibe o alcanza algo de lo alto. En Israel, por la unción y el Espíritu. En la India, por un camino propio y sin unción: el del que tiene la mente firme, en la Bhagavad Gita. En China, por la virtud: el Mandato del Cielo, y el sabio, que es de nuestra misma especie, como dice Mencio. Con una diferencia, que la obra nombra: Israel lo dice como algo que Dios da; la India y China, como algo que se alcanza. Y las tres le ponen límite. En Israel, el Evangelio avisa: «se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas», y la prueba del que habla en nombre de Dios es que lo que dice se cumpla. En China, el Cielo ayuda solo al virtuoso. Y en la India, el sabio es difícil de hallar.
Tercer paso: lo que lee el autor.
Ahora, lo que el autor lee en todo esto, que es suyo. Qué de todo esto es la ley de Dios, y qué no, lo juzga él, y por eso se lo digo como lectura. Lo pesa con la misma pesa de toda la obra: ¿roca o arena?, y, por sus frutos, ¿sirve más allá de sí, se sirve, o no cuida ni cumple? Y le quedan tres montones.
En el primero, lo que converge y sirve: que las reglas no las inventa quien manda, sino que se reciben y se transmiten de padres a hijos; que lo que mandan es hacer lo justo y lo verdadero; y que la vuelta está en manos de cada uno. Es lo mismo que guarda el Arca, con el mismo hilo: servir. En el segundo, lo propio de cada tradición, que se nombra y no se tacha: quién trae la vuelta y cómo se llama lo recibido. Es la fe de cada una, y la obra no toma partido entre ellas. Y en el tercero, lo que se nombra con su diferencia: la orden de Zeus.
Esa orden, el autor la lee como un aviso a navegantes. Para él, no habla de un hombre frente a otro, sino de las consecuencias del día del juicio; y, como con el hijo que se porta mal, antes de la corrección van varios avisos. Es lectura suya, porque el texto de Platón manda a la ciudad ejecutar. Y al lado pone lo que la obra pide a todos: nadie se toma la justicia por su mano.
El camino, para el autor, es el del poeta Antonio Machado: «caminante, no hay camino», «se hace camino al andar». Y lo dice también con una imagen suya: sigue al conejo blanco por las baldosas amarillas.
Y da nombre a algo, y la obra avisa de que con ese nombre no está en los textos. Lo que él llama «energía crística» es su palabra para el estado del ungido, «tocado por la mano de Dios», que él lee como estar alineado en un estado de equilibrio en virtud: el centro de la balanza. Lo que sí dice el texto es otra frase: «Dios es el que en vosotros obra».
Y deja unas preguntas, que son suyas. Les leo dos. «Ahora que conoces las verdaderas reglas del juego, ¿qué vas a hacer cuando nadie te mira?». Y esta: «¿Cómo es posible que tantas tradiciones converjan? Algo de verdad tiene que haber: cuando el río suena, agua lleva». La primera, la de cuando nadie te mira, guárdenla: al final de la conferencia el autor vuelve a hacerla, con otras palabras.
Ahora, la otra cara. ¿Qué concede la obra en esta parte?
Concede tres cosas. Que de doce tradiciones, las que cuentan aparte son tres patas, y que lo que no encaja se dice. Que en varios textos la fuente dice algo distinto de lo que se esperaba, y entonces se escribe lo que dice la fuente y se anota la diferencia. Lo acaban de ver con el séptimo sello: la Reina-Valera dice «desatar», y el griego solo dice abrir. Y que qué es ley de Dios lo juzga el autor: lo que es dato es la cuenta; lo demás, lectura. La pesa, ya lo saben, vale también para quien pesa.
Concede también lo que ya concedió con el Arca: que las fuentes no son todas puras, y que un texto que repite a otro no cuenta aparte. Por eso el texto chino del siglo once no contó como pata.
Recapitulo. Buscadas como en arqueología, doce tradiciones cuentan que se recibió algo para vivir, nueve que se perdió y diez que hay un camino de vuelta, y ese camino lo anda cada uno. Antes de la consecuencia va el aviso. El juicio último no es del hombre, con su otra cara sin resolver, y cuando el hombre castiga, antes van el aviso, la investigación y el límite. En el Apocalipsis, el séptimo sello es un silencio que abre las trompetas, y el juicio es de Dios y del Cordero. «Cristo» quiere decir ungido: en la Biblia hebrea, unos pocos, por su oficio; y la promesa, para todos. Que todo se ve lo dicen diez de trece; que además queda escrito, de las tres patas solo lo dice una.
Les dejo una pregunta, y esta es mía, no del autor. Piensen en algo que les enseñaron en casa para vivir, una regla que nadie les hizo firmar. ¿La siguen andando?
Y si hay un camino del que uno se aparta, y cosas que sirven y cosas que se sirven, hay un bien y un mal. En la próxima parte veremos cómo se distinguen, y qué es eso que la obra llama el mal sin cuerpo.