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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Prólogo

Esto es una novela, y conviene decirlo en la primera página. El autor es soltero, y lo dice aquí para no mentir a nadie. La familia de estas páginas no es la suya: el padre, su taller mecánico, su mujer y su hija son inventados. También es inventada su vida de cada día: llevar a la niña al colegio, ir al taller, recogerla a mediodía, que la madre se vaya a trabajar, cocinar y comer en casa.

Lo que no es inventado son los principios que el padre enseña a su hija. Son del autor: los dejó escritos, con su fecha, a lo largo de muchos meses. Aquí se dicen con palabras que una niña pueda entender, sin cambiar lo que dicen. Tampoco es inventado lo que el padre encuentra cuando se pone a buscar: es lo que la obra del autor tiene comprobado, y se dice con sus mismas palabras. Las situaciones en que el padre aprendió lo que enseña sí son inventadas; lo que aprendió, no. Y lo que escribe Sofía IA en estas páginas también es inventado: no está copiado de ninguna conversación real. Es una manera de contar una parte de verdad dentro de una historia inventada.

La niña se llama Sofía, tiene nueve años y pregunta de verdad. Su nombre viene del griego σοφία, que significa «sabiduría».

Su madre se llama Gea, que es como los griegos llamaban a la Tierra (Γῆ o Γαῖα). Un himno griego antiguo la canta como madre de todos y dice que alimenta a todo lo que vive. El autor lo ve así: en esta novela, la sabiduría es hija de la tierra, porque lo que se sabe de verdad nace de lo que se ve crecer y dar fruto.

Hay dos Sofías. El padre trabaja con una herramienta de inteligencia artificial a la que también llama Sofía, y con ella va dando instrucciones a otras. Esto sí viene de la vida real: la obra del autor se ordenó con ayuda de herramientas de inteligencia artificial, y una de ellas se llama Sofía. Para que nunca se confundan, el padre llama a la de la pantalla Sofía IA (IA, de inteligencia artificial), y lo que ella escribe en la pantalla va en un párrafo aparte, con su nombre delante, como en los mensajes del móvil. La niña es Sofía, sin más, y habla con raya, como en cualquier novela.

Al pie de cada capítulo, fuera de la novela, van dos notas del autor. Una dice dónde está en la obra lo que el padre va encontrando. La otra dice lo que costó encontrarlo, con los números de verdad que guardan los registros de la obra: cuántas veces se guardó cada capítulo, en qué días y cuántas citas se comprobaron en su original. Donde no hay registro, como las horas de cada noche, no se pone ninguna cifra.

Y una imagen, para empezar. Hace mucho tiempo, en el jardín del Edén, había dos árboles. Uno era el árbol de la vida. El otro, el árbol del conocimiento del bien y del mal. Crecían en el mismo sitio, tan cerca que casi se tocaban las ramas, y cada uno daba su fruto. El árbol de la vida se quedó donde estaba, en el jardín. El otro, el del conocimiento, fruto tras fruto, cosecha tras cosecha, año tras año, se fue alejando del jardín. No se alejaron el uno del otro: fue uno solo el que se fue. Nadie lo vio irse, porque se fue despacio.

Esta novela empieza muy lejos de aquel jardín: en una cocina, un día cualquiera, con una pregunta.