Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.
Capítulo 18 Papá, ¿qué pasó en el jardín?
Esa noche abrió la Biblia de su madre por la primera página. Se sabía la historia, como todo el mundo. Por eso quería leerla: para ver si lo que se sabía era lo que ponía.
Lo primero que encontró fueron los árboles. Estaban los dos en medio: «también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de ciencia del bien y del mal».
Luego, la orden. Era una sola: «De todo árbol del huerto comerás»; «Mas del árbol de ciencia del bien y del mal no comerás de él; porque el día que de él comieres, morirás».
Y luego llegó la serpiente. El padre leyó despacio lo que decía, como lee un diagnóstico que no le cuadra. Lo primero que hizo fue darle la vuelta a la orden: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?». Luego negó lo que iba a pasar, sin dar ningún dato: «No moriréis». Y luego dijo por qué lo había prohibido Dios, como si lo supiera: «Mas sabe Dios que el día que comiereis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses sabiendo el bien y el mal».
Se echó atrás en la silla. Lo conocía. Lo llevaba viendo semanas. Dar la vuelta a lo que se dijo. Prometer sin dar un dato. Decir lo que piensa el otro sin preguntárselo. Era el mismo mecanismo de todo lo que había ido encontrando, solo que contado hace muchísimo tiempo, con un árbol y una serpiente.
Y vio cómo se decidió: por lo que se veía. El árbol era «bueno para comer, y que era agradable á los ojos». Sin preguntar a quien había dado la orden. Y los frutos llegaron enseguida: miedo, esconderse, echarse la culpa unos a otros. Y al final, la salida del jardín, y unos querubines con una espada encendida, puestos «para guardar el camino del árbol de la vida».
Buscó también lo que todo el mundo sabía. Y no estaba. No ponía «manzana». Ponía «del fruto del árbol que está en medio del huerto».
En «Comprobado» escribió: «Los dos árboles estaban en el mismo sitio. La orden era una sola. La serpiente le dio la vuelta y prometió sin un dato. No dice manzana».
Luego se quedó mucho rato mirando la hoja. Y escribió en «Lo que yo creo» algo que no estaba en ningún libro, porque era suyo: «El árbol de la vida se quedó donde estaba, guardado. El que se fue alejando fue el otro, el del conocimiento. Fruto tras fruto. Cada vez que alguien decidió por lo que veía, sin preguntar, se alejó un poco más».
El domingo se fueron los tres de excursión al campo, con la tortilla envuelta en papel de plata y la manta de cuadros. Gea eligió el sitio: debajo de un árbol grande, junto a un huerto con la valla caída.
—Aquí —dijo—. Que da sombra y no molestamos a nadie.
Comieron sentados en la manta. Después, el padre y Sofía se pusieron a jugar con el disco volador. La niña lo lanzó con todas sus fuerzas, el disco hizo una curva rarísima y se perdió detrás de unos árboles.
—¡Voy yo! —dijo él.
Volvió al rato con el disco en la mano y la cara colorada como un tomate. Detrás de los árboles había una pareja muy acurrucada que no esperaba visita.
—Papá, ¿qué te pasa?
—Nada, nada. Que ahí detrás había gente.
—¿Y qué hacen?
El padre buscó una respuesta corta, de las de día, y no encontró ninguna.
—Pues, hija… más gente.
Gea se tapó la cara con la servilleta y se le escapó una carcajada que se oyó en todo el campo. Sofía miró a su padre y a su madre sin entender nada, y decidió que eso iba en «No lo sé».
Luego se subió a una rama baja y se colgó cabeza abajo hasta que Gea le dijo que bajara, y bajó. Se sentó con una manzana, apoyada en el tronco, con las piernas cruzadas.
—¿Qué pasó en el jardín? —preguntó con la boca llena.
—Había dos árboles. Uno, el de la vida. Otro, el del conocimiento del bien y del mal. Y una sola norma: de ese segundo, no comáis.
—Y se comieron la manzana.
—No dice manzana.
Sofía dejó de masticar.
—¿Cómo que no?
—Dice «el fruto». Manzana no aparece por ninguna parte. Lo he buscado.
—¿En serio? —dijo Gea, que tampoco lo sabía.
—¡Pero todo el mundo dice manzana!
—Ya. Y todo el mundo decía que el Estado somos todos.
Sofía miró su manzana con desconfianza, y luego se rio.
—¿Y la serpiente era mala?
—Lo que el texto cuenta es lo que hizo. Le dio la vuelta a la norma y prometió una cosa sin dar ni una prueba. Una promesa sin un dato es una presunción. Y si el que la hace sabe que no es verdad, es una mentira. Y mentir es construir en el aire.
—Como tus castillos.
Él se quedó un segundo callado. La niña no olvidaba nada.
—Como mis castillos. Aunque aquellos no me los mintió nadie: me los creí yo solo.
Luego sacó la hoja de las tres columnas, que llevaba doblada en el bolsillo, como los presupuestos, y le dio la vuelta. Por detrás, apoyado en la manta, con el lápiz corto, dibujó dos árboles juntos, y después uno de ellos, más pequeño, un poco más lejos, y otro más, y otro, cada vez más lejos.
—Yo lo veo así —dijo—. Esto no está en el libro: es lo que creo yo. El árbol de la vida se quedó en su sitio. El que se fue alejando fue el otro. No se separaron los dos: se fue uno solo. Despacio. Cada vez que alguien eligió por lo que le entraba por los ojos, sin preguntar, dio un fruto que lo llevó un poco más lejos.
Gea miró el dibujo, y luego el árbol que les daba sombra, y no dijo nada. Le quitó a Sofía una hoja seca del pelo.
Sofía se quedó mirando el dibujo. Señaló el último arbolito, el más lejano.
—¿Y nosotros? ¿Nosotros dónde estamos?
El padre miró el dibujo con ella. Era la pregunta de todas las noches, la que había empezado con una carta.
—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.