Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 1 La carta
El embrague no entraba. Había cambiado el disco, la maza y el cojinete, todo nuevo y todo de la misma caja, y el pedal seguía bajando hasta el fondo con una blandura que no le gustaba. Se metió otra vez debajo del furgón, con la linterna entre los dientes, y al girarse oyó crujir el sobre en el bolsillo del mono.
Lo había cogido del buzón a mediodía, debajo de la propaganda del supermercado: un sobre blanco, con ventanilla y un escudo en la esquina. No le hacía falta abrirlo para saber de dónde venía. Toda una vida de autónomo enseña a reconocer esos sobres por el tacto, como se reconoce por el ruido un rodamiento que se está yendo.
En la radio del taller, entre canción y canción, hablaban de política. Uno decía que el Estado tenía que hacer algo; otro, que el Estado ya hacía demasiado; el de en medio, que el Estado éramos todos y que por eso había que arrimar el hombro. Él había oído esas frases toda la vida, como se oye la lluvia. Esa tarde, tumbado en el suelo, las oía de otra manera. A mediodía, en la cocina, le había dicho lo mismo a la niña. Y Sofía, sentada en la encimera, que era justo donde no podía sentarse, había arrugado la nariz y le había contestado que ella no había puesto ninguna norma.
Él tampoco. Llevaba toda la tarde dándole vueltas.
A media tarde se asomó el dueño del furgón, con las manos en los bolsillos del chaquetón.
—¿Cómo va eso?
—Mal. Le he puesto el embrague nuevo y sigue blando.
—Pues algo será. Tú sabrás. —Miró el furgón como se mira a un perro que te ha mordido—. Lo necesito mañana, que sin él no trabajo. Y la factura, si puede ser, me la pasas a final de mes, que este voy justo.
El padre le dijo que sí, como le decía siempre. Cuando se fue, se quedó un rato mirando el suelo debajo del furgón. Estaba seco. Un pedal blando con todo el embrague nuevo no es el embrague: es el líquido que lo mueve, o el aire que se le ha colado dentro. Cogió la linterna pequeña y la metió por detrás de la campana, donde no mira nadie. El bombín sudaba. Una gota, nada, una gota que nunca llegaba al suelo porque se la bebía el polvo de la carcasa.
La había tenido delante toda la tarde, y él mirando las piezas nuevas.
Se limpió las manos con el trapo, apagó la radio y, antes de bajar la persiana, se tocó el bolsillo del mono. El sobre seguía allí.
A la cena, Sofía lo contó todo de corrido, con el tenedor en la mano: que papá decía que el Estado somos todos y que ella no había puesto ninguna norma. Gea lo miró por encima del vaso y le dijo que ya tenía deberes. La niña se rio con la boca llena, y a él no le quedó más remedio que reírse también.
Ahora Gea dormía en el sofá, con un libro abierto boca abajo encima del pecho. Él le quitó el libro y le echó la manta por encima. Ella abrió un ojo.
—¿Qué era la carta?
—Lo de siempre.
—Pues paga y a dormir.
Volvió a cerrar el ojo antes de que él pudiera contestar.
En la cocina, sacó el sobre del mono, que seguía colgado en el respaldo de la silla, y lo abrió con el cuchillo del pan.
Era lo de siempre. Un plazo, un número de expediente y un artículo de una ley que no conocía. Le reclamaban un pago del taller. La cantidad no lo hundía, pero tampoco le sobraba, y venía escrita con todos sus céntimos, como si los céntimos fueran lo importante. Al final, en letra más pequeña, le explicaban lo que pasaría si no pagaba a tiempo: un recargo y, después, el apremio, una palabra que no necesitaba diccionario.
La leyó una vez y la dejó en la mesa, al lado del salero.
Sabía de sobra lo que venía ahora, porque lo había hecho siempre. Por la mañana llamaría a la gestoría. La chica de la gestoría le diría que se lo pasaba al jefe, y el jefe le diría que pagara en plazo, que con la Administración no se discute y que después, si quería, reclamaban. Él pagaría y se olvidaría del asunto hasta el sobre siguiente.
Así había hecho toda la vida con los papeles: firmar donde le decían. En la gestoría, cada trimestre, una hoja con crucecitas a lápiz donde tenía que poner la firma. En el banco, el día que abrió la cuenta del taller, un taco de hojas que nadie le dejó tiempo de leer. El contrato del piso, que Gea se había leído entero en el sofá, con un rotulador, y que él firmó de pie en la inmobiliaria. No era pereza. Era que los papeles no eran lo suyo. Lo suyo eran los coches.
Y con los coches no daba nada por hecho. Ni lo que decía el cliente, ni lo que decía el manual, ni lo que ponía en la caja de una pieza recién comprada. Lo que no podía comprobar con sus manos no se lo daba por bueno a nadie. Esa misma tarde lo había vuelto a aprender, con la linterna detrás de la campana.
Con los coches, nada por hecho. Con los papeles, todo.
Se quedó mirando la carta, y luego el pasillo, hacia la puerta del cuarto de la niña.
No era la carta lo que no le dejaba irse a la cama. Era lo que le había dicho a mediodía: «El Estado somos todos». Se lo había dicho con la misma seguridad con que le decía que el agua moja. Lo había oído en la radio, en el bar, en boca de los clientes mientras esperaban el coche, y nunca lo había mirado. No le había mentido a su hija. Le había dado como buena una pieza que nunca había probado.
Pasada la medianoche seguía en la cocina, con el portátil abierto. Desde hacía unos meses usaba una herramienta de inteligencia artificial para los presupuestos y para escribir a los proveedores, y le había puesto nombre, como se le pone a un coche al que se le tiene cariño: la llamaba Sofía, como a su hija. Para no confundirlas, en su cabeza era Sofía IA.
Le escribió lo mismo que le había preguntado la niña: qué es el Estado.
La respuesta llegó antes de que hubiera apartado la mano del teclado. Era larga, estaba bien escrita y no tenía ni una duda. Hablaba de soberanía, de territorio, de poder público. La leyó dos veces y le sonó muy bien. Luego cayó en la cuenta de por qué le sonaba tan bien: sonaba como él a mediodía, solo que con más palabras.
Le preguntó dónde estaba escrito todo eso. Quería leerlo con sus ojos, en el original, y no en un resumen.
Sofía IA le contestó con una lista: leyes, libros de hace siglos, sentencias de los tribunales. Ni una página, ni una frase copiada de ningún sitio. Nombres.
Él conocía esa clase de respuesta. Era la del cliente que entra en el taller diciendo que el coche hace un ruido «por ahí abajo». No miente, pero tampoco te dice nada. Una lista no es la avería localizada: es por dónde empezar a buscar.
Pensó en cómo trabajaba cuando le entraba un coche que otros no habían sabido arreglar. Primero escuchaba, sin tocar nada. Luego desmontaba, pieza a pieza, sin saltarse ningún paso, porque el paso que uno se salta es justo donde se esconde la avería. Y no daba por buena ninguna cosa porque otro la diera por buena: ni el mecánico de antes, ni el cliente, ni el que le había vendido la pieza. Eso no lo había aprendido en ningún libro. Lo había aprendido equivocándose.
Si el Estado fuera un coche, ¿cómo lo diagnosticaría?
Se lo preguntó así, en voz baja, y le gustó la pregunta. Cómo se construyó. Qué lo sostiene. Qué lo alimenta. Habría que desmontarlo como se desmonta un motor, para ver cómo funciona por dentro. No para romperlo. Para entenderlo.
Cogió la libreta de los presupuestos, arrancó una hoja limpia y la dividió en tres columnas, como dividía los informes que daba a los clientes cuando la avería era seria: lo que había visto con sus ojos, lo que sospechaba y lo que todavía había que desmontar para saberlo. Arriba de la primera escribió «Comprobado». Arriba de la segunda, «Lo que yo creo». Arriba de la tercera, «Aún no lo sé».
En «Comprobado» no puso nada.
En «Lo que yo creo» escribió: «Que el Estado somos todos. Lo he oído siempre».
En «Aún no lo sé»: «Qué es. Cómo se construyó. Qué lo sostiene. Qué lo alimenta».
La columna vacía era la que más pesaba de toda la hoja. Más que la carta.
Antes de apagar la luz volvió a coger la carta y buscó el plazo. Lo contó con el dedo en el calendario de la nevera, debajo de la nota de Gea de las lentejas. Le quedaba tiempo, pero no tanto como para dejarlo correr.
La carta tenía plazo. La pregunta de la niña, no. Y, sin embargo, mientras volvía al dormitorio a oscuras, sorteando la mochila que Sofía había dejado tirada en el pasillo, supo cuál de ellas le iba a quitar más noches.