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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 3 Ratificado

La gestoría estaba en un entresuelo de la calle del mercado, encima de una farmacia. Olía a papel y a café recalentado, y en la mesa del gestor las carpetas se apilaban en torres que nunca terminaban de caerse.

El gestor leyó la carta con el teléfono sujeto entre la oreja y el hombro, diciéndole a alguien que sí, que el lunes sin falta. Colgó, se subió las gafas a la frente y la volvió a leer entera, despacio, moviendo los labios en el artículo de la ley.

—Esto está bien puesto —dijo—. El artículo es ese y la cantidad cuadra con lo que tienen. Otra cosa es que te toque. Yo creo que no te toca, pero eso ya es discutirlo.

—¿Y se discute?

—Se discute, claro. Pero primero se paga. —Le devolvió la carta—. Mira, te voy a decir lo que le digo a todo el mundo, que me lo enseñó mi jefe cuando yo era el chaval de los recados. Tres cosas. Lo que presentes, siempre con la copia sellada, que esa copia es lo único que demuestra que lo presentaste. El plazo, desde el primer día, porque un plazo que se pasa no vuelve. Y si hay dinero de verdad en juego, un abogado, que yo hago papeles pero no hago juicios.

—¿Y si no tienen razón?

—Pues lo pagas en plazo y luego pides que te lo expliquen. Si tienen razón, te quedas tranquilo. Si no, lo reclamas. Pero sin pagar no se puede ir a ningún sitio, porque se te come el recargo.

El padre se quedó mirando la carta, el escudo de la esquina.

—Oye, ¿y tú sabes qué es el Estado?

El gestor se rio por la nariz.

—Yo no sé lo que es el Estado. Yo sé lo que es un plazo. —Sonó otra vez el teléfono y levantó la mano antes de cogerlo—. Y tú también deberías, que este mes ya me has traído los papeles tarde.

Era verdad. El padre dobló la carta, se la guardó en el bolsillo del mono y bajó las escaleras pensando que el gestor llevaba toda la vida viviendo de plazos que no había puesto él.


Esa noche se equivocó Sofía IA, y él estuvo a punto de equivocarse con ella.

Le preguntó dónde estaba escrito que el Estado somos todos, y ella le dio una frase redonda, con su artículo y todo, de las que se copian sin pensar. Fue a comprobarla a la página del Boletín Oficial del Estado, en la Constitución, y no estaba. Ni en el artículo primero ni en ningún otro. Cuando se lo dijo, Sofía IA lo reconoció a la primera: le había dado algo que sonaba a la Constitución, pero no era la Constitución.

Lo que sí ponía el artículo primero era otra cosa: «La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado».

Los poderes salían del pueblo. Eso estaba escrito. Lo que no estaba escrito era cuándo había dicho que sí el pueblo, ni quién.

Volvió al principio del texto, antes del preámbulo, y encontró una línea en mayúsculas que no había leído nunca: «LAS CORTES HAN APROBADO Y EL PUEBLO ESPAÑOL RATIFICADO LA SIGUIENTE CONSTITUCIÓN».

Ratificado. Lo leyó en voz baja. Era la palabra de las firmas que se ponen al final, cuando ya está todo hablado. El pueblo había ratificado en un referéndum, en 1978. Eso también estaba escrito, y era verdad.

Hizo la cuenta con el lápiz corto de los presupuestos, como hacía las cuentas de todo. Los que entonces no tenían edad de votar no la votaron. Los que nacieron después, tampoco. Él no la votó. Sofía no existía. Ni él ni su hija habían ratificado nada, y sin embargo estaban dentro.

No le pareció que aquello fuera un engaño. Le pareció una pieza puesta de fábrica: alguien la montó antes de que él comprara el coche, y desde entonces se daba por buena sin que nadie la revisara.

Tachó de la hoja «Que el Estado somos todos». En «Comprobado» escribió la primera línea de su vida en esa columna: «Los poderes del Estado salen del pueblo. El pueblo dijo que sí en 1978. Los que no tenían edad de votar, y los que nacieron después, nunca la votaron».

Gea entró con dos tazas y dejó una junto a la hoja. Leyó la línea por encima de su hombro, se sentó al otro lado de la mesa y le contó otra vez, como tantas veces, que su madre fue a votarla con su vestido bueno, como quien va a una boda. Que ella tampoco la votó, como él, y que se acordaba del vestido y del bolso a juego.

—Y ahora tú le dices a la niña que no vale —dijo.

—No le he dicho que no vale. Le he dicho que no la votamos.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. Tu madre la votó, y la votó con ilusión. Eso es verdad. Y yo no la voté. Eso también es verdad. Lo uno no borra lo otro.

Gea sopló el café.

—¿Y qué quieres? ¿Que se vote otra vez cada vez que nace un niño? —Lo dijo sin enfado, como cuando le preguntaba qué quería para cenar—. Algo habrá que hacer con los que nacen. No vamos a ir cada uno por su lado.

Él se quedó con la taza a medio camino. No tenía respuesta, y lo dijo.

—Eso no lo sé.

—Pues apúntalo —dijo ella, y le dio un beso en la cabeza—. No te acuestes tarde.

Lo apuntó, al lado, con su letra de presupuestos. Y cuando se quedó solo hizo lo que hacía en el taller con una pieza que no se puede quitar: buscó cómo se quitaba. Si aquel sí lo habían dado otros por él, tenía que haber una manera de retirarlo, o al menos de volver a preguntarlo.

La había. Estaba casi al final de la Constitución, en el último título. Para cambiarla entera, o para tocar lo esencial, hacían falta dos tercios de cada una de las dos Cámaras; después había que disolverlas, elegir otras nuevas, que las nuevas volvieran a aprobarlo por dos tercios, y al final, un referéndum.

Se quedó mirando la pantalla. Era como una pieza soldada al chasis. Se podía cambiar, nadie decía que no, pero para cambiarla había que desmontar el coche entero, con el permiso de casi todos los que iban dentro. Y para retirar el sí de uno solo, el suyo o el de su hija, no había nada.


La noche siguiente buscó quién había dicho que sí por la niña.

Sofía IA le contestó deprisa que a los niños los apuntan los padres en el Registro Civil, cuando pueden, y que no hay plazo. Él ya no se fiaba de lo que llegaba deprisa. Fue a la ley del Registro Civil, la de verdad, en la misma página del boletín. Era larga y estaba escrita como se escriben las leyes, que cansan antes de llegar a lo que uno busca, y tardó en llegar. Pero llegó.

Los primeros obligados a comunicar un nacimiento no eran los padres. Eran «La dirección de hospitales, clínicas y establecimientos sanitarios». Y esa dirección «comunicará en el plazo de setenta y dos horas a la Oficina del Registro Civil» cada nacimiento. Luego: «El registro individual se abrirá con la inscripción de nacimiento». Y a cada registro «se le asignará un código personal […] que será única e invariable en el tiempo».

Había plazo, y era corto. Se lo dijo a Sofía IA, y Sofía IA reconoció que le había contestado de memoria, sin mirar la ley.

Él se quedó con el lápiz en la mano, sin escribir. Un plazo de setenta y dos horas. Un código que no cambia nunca. Y en ninguna parte de la ley, nadie que le preguntara nada a la interesada. No podían preguntarle: la interesada tenía cero días.

Lo que le revolvía no era la ley. Era el orden de las cosas. Primero venía la obligación, y la conciencia llegaba años después, cuando ya estaba todo apuntado. Se le ocurrió una pregunta, y la dejó escrita en el margen, tal como le salió: en qué otro vínculo de la vida se ata a una persona de por vida, en setenta y dos horas, sin que pueda estar presente el único interesado.

No encontró ninguno.

Pero se obligó a hacer lo que hacía con los clientes enfadados: escuchar también lo que no quería oír. Y lo que no quería oír era esto: el registro protege al niño. Con él tiene un nombre que nadie le puede quitar, una nacionalidad y acceso a sus derechos desde el primer día. Un niño sin registrar está más solo, no más libre. Lo apuntó al lado de la pregunta, con la misma letra, para que la hoja no la inclinara él.

En «Comprobado» escribió: «Al nacer, el hospital tiene que avisar al Registro Civil en setenta y dos horas. Se abre un registro con un código que no cambia nunca».

Al día siguiente, en el taller, con la niña en el taburete alto balanceando las piernas, se le vino encima de golpe una madrugada que tenía olvidada. Una enfermera, unos papeles, un bolígrafo. Él firmando donde le dijeron, sin leer, con los ojos puestos en la niña, que dormía en el brazo de Gea. Se lo dijo a Sofía tal cual, sin buscar excusas, porque no las había.

Esa noche, cuando Gea y la niña dormían, volvió a pensar en aquellos papeles. No sabía qué había firmado. No lo supo entonces y no lo sabía ahora. Sabía, eso sí, que lo había hecho como lo había hecho siempre, en la gestoría, en el banco, en la inmobiliaria: donde le dijeron.

Buscó si un padre podía dar a su hijo. No a cuidarlo: darlo. Encontró de todo, y casi nada que dijera de dónde lo sacaba. Al final dio con un vídeo de un profesor que hablaba de un filósofo francés de hace siglos que había escrito sobre eso. Pero el profesor no decía en qué libro, ni con qué palabras.

Otro que le decía dónde mirar sin enseñarle la página. Lo apuntó en «Aún no lo sé» y cerró el portátil.