Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 5 Crónica: La medida justa
Hacia el 2350 antes de Cristo, en Lagash, una ciudad de Mesopotamia, un rey dejó escrito lo que había hecho por «el que vivía endeudado»: «vació su prisión y estableció su remisión». Es el perdón de deudas más antiguo del que queda documento.
No fue el único. Los historiadores cuentan una treintena de cancelaciones de deudas en Mesopotamia entre el 2400 y el 1400 antes de Cristo, cuatro de ellas de un mismo rey de Babilonia. Esa cuenta es de segunda mano: la hace un historiador, y no se ha leído tablilla por tablilla.
Hacia el 2100 antes de Cristo, otro rey de aquella tierra dejó escrito: «fabriqué una medida real justa». La medida justa es la que no engaña en el grano ni en el peso, ni al que compra ni al que vende.
En Egipto, en unas máximas cuya copia más antigua es de hacia el 2000 antes de Cristo, se lee que «es aborrecible para el alma que se le quite su tiempo». Cuándo se compusieron, se discute: se atribuyen a una dinastía más antigua, y hay quien las cree de después.
Hacia el 1753 antes de Cristo, el código de aquel rey de Babilonia dice en su final para qué se escribió: «para que el fuerte no perjudique al débil, para proteger a viudas y huérfanos». Si una tormenta o una mala cosecha arruinaban al deudor, ese año el deudor «lava en agua su tablilla de deuda» y no pagaba. Pero el mismo código, en otra de sus leyes, mandaba que si una casa mal hecha mataba al hijo del dueño, «se dará muerte al hijo del constructor». El hijo pagaba por la culpa del padre.
En Egipto, mientras tanto, el que mandaba no era solo un hombre. Desde el día de su coronación, el faraón llevaba entre sus títulos el de «Hijo de Ra», y su título más antiguo lo presentaba como sucesor del dios que había gobernado el reino.
Y en el libro que acompañaba a los muertos de Egipto, en una copia de hacia el 1475 antes de Cristo, el difunto juraba ante el tribunal de Maat, que es la verdad: «no he disminuido la medida de grano […] no he añadido pesos a la balanza».
Dos tierras distintas, con sus lenguas y sus dioses, guardaban lo mismo: la deuda se perdona, la medida es justa, el tiempo de cada uno es suyo y el fuerte no pisa al débil. Y al lado, ya entonces, el que mandaba se ponía un título de dios.