Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 27 Lo mío
El martes, a media mañana, el furgón blanco entró en el taller marcha atrás, como entraba siempre, aunque nadie se lo pidiera. Su dueño se bajó con un sobre en la mano y no dio los buenos días.
—Léelo tú, que yo ya me lo sé de memoria.
Era la contestación a su recurso contra el embargo. El padre se secó las manos con el trapo y la leyó entera, de pie junto al banco de trabajo, porque ahora las cartas las leía enteras. La notificación del apremio constaba en el expediente, con su acuse de recibo. De lo demás que había alegado, la carta decía que «el motivo alegado no está entre los admitidos por la ley». Desestimado. Y el embargo seguía adelante.
En el encabezado venía su nombre completo. Pacífico. En todos los años que llevaba viniendo al taller, el padre no se lo había oído decir a nadie: para él era el del furgón blanco.
—Lo mío —dijo Pacífico—. Me lo han quitado de la cuenta. Lo que saqué yo con el furgón, de madrugada y con frío. Y sin un juez, ni nada.
—Ya.
—Pues se acabó. Yo no pago más. Como hicieron otros. Y si hay que salir a la calle, se sale.
El padre dobló la carta por donde venía doblada y se la devolvió. Lo conocía de años. Pagaba tarde, pero pagaba, y de Hacienda se reía con chistes que le contaba a todo el que esperaba en la silla de plástico. Nunca le había oído hablar así.
—¿Quiénes son los otros?
—Gente. Lo dicen por ahí.
—Eso no lo he mirado —dijo el padre—. Lo que sí sé es que, si dejas de pagar, te lo cobran igual, y con recargo. Eso lo tengo comprobado.
—¿Y qué hago? ¿Me quedo quieto?
El padre miró el furgón. El embrague que le había cambiado el día de la carta seguía sin pagar, y no hacía falta decirlo.
—Déjame mirarlo. Vuelve el jueves.
Pacífico se subió al furgón sin despedirse y salió del taller más deprisa de lo que había entrado.
Esa noche, antes de abrir nada, escribió arriba de la hoja lo que había dicho Pacífico: «Lo mío». Era lo mismo que había dicho su madre el domingo de las natillas, con la carta de la pensión en la mano. La misma palabra, con la misma rabia tranquila.
Lo primero que buscó fue de dónde sale que algo sea de uno. Y volvió al inglés de los derechos de antes, el del alojamiento por una semana, al mismo libro de 1690. Escribía que «Todo hombre tiene una propiedad en su propia persona: a ella nadie tiene derecho sino él mismo». Lo que uno saca de la naturaleza y mezcla con su trabajo pasa a ser suyo, porque ese trabajo es «propiedad indiscutible del trabajador», y nadie más puede tener derecho a ello, «al menos donde queda suficiente, y tan bueno, en común para los demás».
Se miró las manos, con la grasa que no se va del todo ni con el jabón del taller. Si la propiedad estaba antes que el gobierno, y por una razón propia, el gobierno no la creaba: la protegía, o la violaba.
Siguió con lo que recogieron las declaraciones. La francesa de 1789 la llamó «un derecho inviolable y sagrado», y escribió que nadie puede ser privado de ella «salvo cuando la necesidad pública, legalmente comprobada, lo exija evidentemente, y con la condición de una indemnización justa y previa». Pagando antes. Eso lo subrayó.
Pero lo de Pacífico era un impuesto, y para el impuesto la otra cara estaba escrita. Los tributos los pone la ley, según lo que puede pagar cada uno. La Constitución dice que «Se reconoce el derecho a la propiedad privada y a la herencia», y en la línea siguiente, que «La función social de estos derechos delimitará su contenido, de acuerdo con las leyes». El embargo se recurre, y se para si se da garantía. Nada de lo que le había pasado a Pacífico era ilegal.
Ahí se paró. Lo legal y lo justo no eran lo mismo, y esa cuenta la llevaba en la libreta desde el principio. Pero de la carta de Pacífico no tenía nada que dijera que fuera injusta. Tenía una carta con sus artículos y un hombre enfadado. Lo apuntó así, sin quitar ni poner.
Después buscó lo que de verdad le preocupaba: lo de no pagar más y salir a la calle. Y el mismo inglés lo había escrito sin rodeos: que «siempre que los legisladores intenten quitar y destruir la propiedad del pueblo, o reducirlo a esclavitud bajo un poder arbitrario, se ponen en estado de guerra con el pueblo, que queda por ello libre de toda obediencia ulterior».
Lo leyó despacio. La propiedad del pueblo, no la de uno. Un poder arbitrario, no una carta con su recurso. Lo que el inglés describía era un gobierno que traiciona su encargo, y entonces el que se disuelve primero es el gobierno, no el pueblo el que se rebela.
Luego vinieron los papeles de después. Una declaración francesa de 1793 escribió que «la resistencia a la opresión es la consecuencia de los demás derechos del hombre». La Declaración Universal de 1948 la nombra en el preámbulo, pero para que no haga falta: que los derechos humanos se protejan por un régimen de derecho, «a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión». Y entre las constituciones, alguna la escribe. La alemana: «Contra cualquiera que intente eliminar este orden, todos los alemanes tienen derecho a la resistencia, cuando no sea posible otro remedio». La española, no.
La defensa también estaba escrita, y era corta: los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a la Constitución y a las leyes, y el cambio se hace por los caminos que ella misma prevé. La de aquí dejó otra puerta, la de cambiarla entera. Esa defensa aguantaba entera, y él no tenía nada que oponerle. Tampoco quería.
Antes de los caminos extremos había otros: los tribunales, que miran las leyes, y el Parlamento, que puede investigar. En un Estado de derecho que funciona, eso debería bastar: «la vía ordinaria y pacífica». Y antes todavía, el suyo. La copia sellada. La pregunta por escrito, con su número de registro, que alguien tiene que contestar.
Gea se asomó a la puerta de la cocina, ya en pijama.
—¿Y el del furgón?
—Que no quiere pagar. Ni a Hacienda ni a mí.
—A ti sí que te tendría que pagar.
—Eso le voy a decir el jueves.
Ella se rio y se fue a la cama.
En «Comprobado» escribió: «Que algo es de uno porque lo ha sacado con su trabajo lo escribió un inglés en 1690. La declaración de 1789 solo deja quitarlo por necesidad pública y pagando antes. El impuesto lo pone la ley, y el embargo se recurre. La Constitución alemana escribe el derecho a resistir; la española, no».
En «Lo que yo creo» no tuvo que pensarlo: «Que lo que uno saca con sus manos es suyo antes que de nadie. Y que se defiende pidiendo cuentas por escrito, no dejando de pagar».
El jueves por la mañana, el furgón blanco volvió a entrar marcha atrás. Pacífico traía la carta en el bolsillo de la chaqueta y cara de no haber dormido mucho.
—¿Qué? ¿Lo has mirado?
El padre se lo contó sin sermón, como le contaba a un cliente lo que había encontrado al desmontar. Que lo suyo era suyo, y que eso no se lo había inventado él: lo había escrito un inglés hace siglos, y la Constitución también reconocía la propiedad. Que el embargo era legal, y que lo legal y lo justo no siempre son lo mismo, pero que en su carta eso no lo podía probar nadie con lo que había. Que lo de resistirse estaba escrito en papeles muy serios, pero para cuando un gobierno le quita lo suyo a todo un pueblo con un poder arbitrario y no queda juez a quien ir. Y que aquí había jueces.
—Jueces que me den la razón a mí, ninguno —dijo Pacífico.
—Eso no lo sé. Lo que sé es que, si dejas de pagar, te lo cobran con recargo, y que eso no te devuelve lo tuyo. Y salir a la calle con un cartel es tuyo también. Eso no te lo quita nadie.
Pacífico se quedó callado, mirando la máquina del café.
—¿Y tú qué harías?
—Lo que hice con la mía. Pagar en plazo, y pedir por escrito que me digan en qué se basan. Con copia sellada.
—¿Y te han contestado?
—Todavía no.
Pacífico soltó una risa corta, sin ganas. Luego se sacó la cartera del bolsillo de atrás y fue dejando los billetes encima del banco de trabajo, despacio, alisándolos con la palma. Era la factura del embrague, entera.
—Lo tuyo es tuyo —dijo.
El padre no contó los billetes. Le hizo el recibo con el lápiz corto de los presupuestos y se lo dio.
—Y eso de pedirlo por escrito —dijo Pacífico, ya con la mano en la puerta del furgón—, ¿me lo enseñas?
—Te lo enseño. Pero lo escribes tú.
El furgón salió del taller despacio, como había entrado. Por primera vez en años, sin deber nada en aquel taller.