Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 35 Las tapas gastadas
Esa noche, con Sofía ya dormida y la cocina recogida, sacó del armario la Biblia antigua de su madre, la de las tapas gastadas, y la puso en la mesa al lado del portátil. No la había abierto en años.
Su madre se la había dado cuando él se fue de casa, envuelta en un paño de cocina, y él la había guardado detrás de las cajas de los papeles. Las esquinas estaban redondas de tanto uso, y el uso no era suyo. La cinta de marcar, deshilachada, seguía metida en alguna página donde la había dejado ella. Era la misma traducción antigua que había leído en la pantalla, con los acentos de entonces.
La libreta seguía al lado, abierta por el árbol de la noche anterior, con el salero encima. A mediodía, en la encimera, Sofía le había preguntado dónde estaba escrita esa ley de Dios y si decían todos lo mismo. A lo primero le había contestado que en muchos libros. A lo segundo, que no lo sabía.
No buscaba nada concreto. Quería saber si lo que había ido encontrando planta a planta, en las leyes y en los números, alguien lo había dicho antes. Y lo encontró. Una y otra vez.
Cuando buscó quién había dicho que sí por su hija, ya estaba escrito: «Mas sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no; porque lo que es más de esto, de mal procede». El sí se dice. No se presume.
Cuando hizo las cuentas de la hucha, ya estaba escrito: «El peso falso abominación es á Jehová: Mas la pesa cabal le agrada».
Cuando contó las promesas que no se cumplen, ya estaba escrito: «Por sus frutos los conoceréis». Y era lo mismo que él había puesto arriba de la hoja la semana de la comida con Amparo, sacado del taller: que un coche no se juzga por el folleto ni por la factura, sino por cómo anda. Él había necesitado un párrafo.
Se quedó quieto, con el dedo en la página. Había tardado semanas en llegar por su cuenta a lo que estaba ahí desde siempre.
La línea siguiente decía: «Así, todo buen árbol lleva buenos frutos; mas el árbol maleado lleva malos frutos». Miró de reojo la libreta, abierta por el árbol que le había salido la noche anterior sin pensarlo, y siguió leyendo.
Unos versículos más abajo estaba la casa. La que se levanta sobre la peña: «descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y combatieron aquella casa; y no cayó: porque estaba fundada sobre la peña». Y la otra, la de la arena, que «cayó, y fué grande su ruina».
A mediodía, pelando patatas, le había dicho a Sofía que lo que es verdad se sostiene y lo que no tiene cimientos se tambalea. Y la noche de la vacuna había escrito en «Lo que yo creo» que la piedra de todo aquello era una sola. Lo había dicho con sus palabras, sin saber que tenía cita. Lo que pensó después lo pensó como suyo, y así lo apuntó: que la roca era la verdad, y la arena, lo que se da por cierto sin probarlo.
Luego fue a la pregunta de la niña, la de dónde estaba escrita. Buscó dónde se habían guardado las tablas de la ley, las de piedra, y lo encontró dicho por el mismo que las había bajado del monte: «puse las tablas en el arca que había hecho; y allí están». Le gustó el final. No decía que habían estado. Decía que estaban.
Pasando hojas dio con lo del rey, y lo leyó otra vez, más despacio. El que se sentara en el trono «ha de escribir para sí en un libro un traslado de esta ley», «y leerá en él todos los días de su vida». ¿Para qué? «Para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos». El rey no hacía la ley: la copiaba a mano, como él copiaba en la libreta, y la tenía que leer cada día. Estaba debajo de ella.
Y un profeta, contra los que mandan para sí: «¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan á sí mismos!». Se comían la leche y se vestían con la lana, y a las ovejas no las apacentaban. En el taller eso tenía nombre: cobrar la revisión y no abrir el capó.
Gea pasó por detrás camino de la cama, con el pelo recogido y la cara lavada. Se paró al ver el libro.
—¿Y eso?
—La de mi madre.
Gea miró la Biblia, y después lo miró a él.
—Así que la otra columna.
—Todavía no. Primero, a ver qué dice.
—Pues no te acuestes tarde, que mañana madrugas.
Le dejó un beso en la coronilla y se fue por el pasillo. Él se quedó oyendo cómo se cerraba la puerta del dormitorio, despacio, para no despertar a la niña.
Luego quiso saber si era solo ese libro. Le pidió a Sofía IA los textos de otros pueblos que dijeran lo mismo, cada uno con el sitio donde estaba, y fue leyéndolos uno a uno, en la traducción que había.
Lo primero que encontró fue que alguien ya se lo había preguntado antes que él. Un romano de antes de Cristo había escrito que ningún pueblo es tan fiero que no tenga idea de lo divino, y que eso no lo había puesto ninguna asamblea: «en todo, el consenso de todos los pueblos ha de tenerse por ley de la naturaleza». Y era el mismo romano que el miércoles, con la costumbre, ya le había avisado de que muchos piensan cosas torcidas, y eso, «por mala costumbre». Así que no bastaba con que algo se repitiera: tenía que pasar la vara, y eso ya lo sabía.
Después, el pan. Lo de la Biblia lo sabía de oídas, como todo el mundo: «En el sudor de tu rostro comerás el pan». No fue a buscar dónde estaba. Un poeta griego de los más antiguos había dejado escrito que «el trabajo no es ninguna deshonra; la ociosidad sí es deshonra», y en el budismo el discípulo noble «deja el modo de vida torcido y se gana la vida con el recto». Tres pueblos, como poco, que, que se sepa, no se conocían. Él se ganaba el pan con las manos negras de grasa y nunca se le había ocurrido que eso estuviera escrito en ninguna parte.
Luego vino lo que más le costó, porque era mucho. China, la India, Israel, el islam, Persia, Mesopotamia y Egipto, Grecia y Roma, y pueblos de África, de América y de las islas del Pacífico. Abrió la libreta por detrás, por una página en blanco, y trazó con la regla nueve filas, como había hecho con los artículos de la Constitución. En cada fila, un principio. Al lado, las patas que lo sostenían, de pueblos sin contacto documentado entre sí. Y al final, en una columna aparte, la pata coja: el texto que decía lo contrario. Eso se lo había enseñado la mesa del martes. No vale buscar solo lo que te da la razón.
Las nueve filas, una debajo de otra, decían esto: que el que manda está para el pueblo; que los impuestos tengan medida; que no se le quite a la gente su tiempo; que las pesas sean justas; que lo que te confían se devuelva; que no se cobre usura y se perdonen las deudas; que cada uno responda de lo suyo; que castigar no sea un negocio; y que cuantas más leyes, más pobreza.
En la primera fila copió una frase china que le hizo dejar el lápiz en la mesa: «el Cielo no engendró al pueblo por causa del gobernante; el Cielo instituyó al gobernante por causa del pueblo». Y en la columna de la pata coja, otra, también china, la de un ministro que quería al pueblo débil: «pueblo débil, Estado fuerte; pueblo fuerte, Estado débil». Las dos de la misma tierra. Las dos en la misma fila.
En la de los impuestos, un libro de la India le daba al rey un consejo de jardinero: «sé como el florista, rey», que cuida la planta, y no como el carbonero, que la quema. Y un maestro chino que pedía impuestos ligeros rechazaba también los demasiado bajos. Lo apuntó con una flecha: no era «cuanto menos, mejor», era la medida justa. Como el par de apriete de una rueda: ni más ni menos.
En la de devolver lo confiado, el islam: «Alá os ordena que restituyáis los depósitos a sus propietarios». Y la India, lo mismo con otras palabras. Se acordó de su madre, con la carta de la Seguridad Social encima de la mesa camilla: «Lo mío. Lo que yo he puesto toda la vida». Y de la hucha de las pensiones, que había encontrado casi vacía.
En la de las pesas, la columna de la pata coja se le quedó casi en blanco. Nadie, en ninguno de los libros que leyó, defendía la pesa falsa. Lo más parecido era un manual de gobierno de la India que contaba las pesas y medidas entre lo que el rey podía cobrar. Lo apuntó igual, para que la columna no se quedara vacía por pereza.
Las demás filas las llenó con una línea cada una y el sitio donde estaba, para volver otro día. Algunas cosas le sonaban, como se oye una avería que ya ha pasado por el taller, aunque no sepas de qué coche. Y por debajo de todas las filas le pareció ver un mismo hilo, pero era tarde para tirar de él.
Arriba de la página escribió un nombre, como hacía con las averías raras: «El Arca». Por las tablas que estaban allí. Lo que cada pueblo había guardado en sus libros, y dentro, la misma ley.
La fila de la usura no le cupo en la página. Las deudas pidieron una entera.
Lo más antiguo que se conservaba escrito era un rey de Mesopotamia que había vaciado la cárcel de los que vivían endeudados. En Babilonia, si una tormenta o una mala cosecha arruinaban al deudor, ese año el deudor «lava en agua su tablilla de deuda» y no pagaba. En Israel, cada siete años, «perdonará á su deudor todo aquél que hizo empréstito de su mano», y cada cincuenta, el jubileo: «pregonaréis libertad en la tierra á todos sus moradores». Y el mismo filósofo griego que había separado lo justo por ley de lo justo por naturaleza llamaba al interés «dinero nacido del dinero».
La pata coja estaba en la misma ley que mandaba perdonar cada siete años, y la apuntó sin quitarle una coma: «Del extraño tomarás logro, mas de tu hermano no lo tomarás». Prohibido con el hermano, permitido con el de fuera.
Lo último lo encontró en la página del Boletín Oficial del Estado, y le hizo levantar las cejas. Una ley española de 1908, todavía en vigor, dice que «Será nulo todo contrato de préstamo en que se estipule un interés notablemente superior al normal del dinero». La línea roja más antigua seguía en las leyes de aquí.
Pensó en el préstamo de la elevadora, que pagaba cada mes con lo que sacaban los coches, y lo descartó enseguida: lo suyo era un interés de los normales, y la ley hablaba de otra cosa. No iba a hacerse trampas con su propio préstamo.
Lo que sí apuntó, y como suyo, fue otra cosa: que la usura cobra por el paso del tiempo, y el tiempo no es de quien presta. Y debajo, con una raya, la hucha de Sofía, que perdía valor cada año sin que nadie se lo cobrara a la cara.
En la página de «Las máximas» copió una que parecía escrita para aquella hoja: «es justo por derecho natural que nadie se haga más rico con detrimento e injuria de otro». Sin flecha, como las del sábado.
Ya era muy tarde cuando dio con lo de los niños. Primero, unas palabras de Jesús que conocía de oídas, y que no sabía en qué evangelio estaban. Se lo preguntó a Sofía IA y las buscó en el papel: «si no os volviereis, y fuereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humillare como este niño, éste es el mayor en el reino de los cielos».
Le preguntó a Sofía IA si lo decía alguien más.
Sofía IA: Lo dicen también otros evangelios, con otras palabras: que el que no reciba el reino de Dios como un niño no entrará en él. Y en otro pasaje se da gracias porque estas cosas se han escondido a los sabios y a los entendidos, y se han revelado a los niños.
No se fio de la pantalla. Los buscó en la Biblia de su madre, uno a uno, con las hojas finas pegándosele a los dedos. Estaban. En la pantalla habían tardado un segundo; en el papel, un buen rato. Y en el papel no se podía cambiar nada.
Una palabra se le quedó en la cabeza: revelado. Quiso verla en la lengua en que se escribió, el griego, y se lo preguntó a Sofía IA.
Sofía IA: Creo que es de la misma familia que apocalipsis, que quiere decir revelación. Pero esto no lo he podido comprobar en un diccionario. Míralo tú.
El padre se quedó mirando la pantalla más de lo que hacía falta. Era la primera vez que se lo decía. En todas aquellas noches le había dado frases que no estaban y le había resumido una ley al revés, y siempre con la misma seguridad. Esta vez no sonaba tan bien. Sonaba a verdad.
Fue a buscar un diccionario de griego, y era así: la misma familia. Revelar. Revelación. Y revelar, decía el diccionario de aquí, es «descubrir o manifestar lo ignorado o secreto». Lo apuntó en una esquina de la hoja, aparte, sin saber todavía para qué.
En «Comprobado» escribió: «Lo que he encontrado en cada planta ya estaba escrito, en libros de pueblos sin contacto documentado. Y está escrito que hay que hacerse como niños».
Y en «Lo que yo creo» escribió lo que de verdad pensaba, aunque el versículo no lo dijera así: «Que las preguntas de un niño, hechas sin trampa, son razón de sobra para buscar la verdad allá donde esté».
Cerró la Biblia de su madre y la dejó en la mesa, al lado de la libreta, con la cinta de marcar en la página de los niños. Esa noche no volvió al armario.