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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 55 Podar

El martes a media mañana estaba tumbado en la camilla, debajo de una furgoneta, cuando el teléfono, que había dejado en el suelo, se puso a vibrar contra el cemento. Salió a medias, se limpió una mano en el trapo y vio quién era. Su hermano, que tampoco esta vez saludó.

—¿Has visto lo de la tele?

—Estoy con un coche.

—Otro que se ha llevado lo que no era suyo. A esos los metía yo a todos en la cárcel. Y a la familia detrás, que también ha comido de ahí.

El padre se sujetó el teléfono entre la oreja y el hombro, como el gestor, y siguió aflojando la tuerca.

—Y no me digas que en medio —dijo su hermano.

—No te lo digo. Te digo otra cosa, que la tengo apuntada desde el sábado. Equivocarse se puede de muchas maneras. Acertar, de una sola.

Hubo un silencio al otro lado, el de cuando su hermano buscaba por dónde entrarle.

—Eso es de algún libro.

—De un griego.

—Pues que venga el griego a ver la tele.

Y colgó antes de que le diera tiempo a contestarle lo de la familia.

Lo de la familia se le quedó dentro toda la mañana, como un ruido que no se sabe de dónde viene. El lunes de madrugada, él mismo había escrito en la otra columna que lo que se le debe al ciudadano tiene que salir de quien se ha enriquecido, caso a caso «y nunca por apellido». Lo había escrito sin pensar en nadie. Ahora tenía a alguien.


Esa noche, con Sofía dormida, abrió la libreta por una hoja limpia y arriba puso «Las puertas».

Llevaba semanas midiendo, y el lunes había firmado una opinión que no valía para nada oficial. Faltaba lo de después: qué se hace con eso. Su hermano tenía una respuesta. Él quería otra, y no la tenía.

Lo que encontró cabía en tres verbos, y los apuntó arriba, uno debajo de otro: compensar, pedir con constancia escrita, deslindar. Los dos primeros los entendía. Al tercero le puso un interrogante. Sonaba a campo, a lindes, y no supo qué pintaba allí.

Empezó por lo que más le preguntaban en el taller, aunque nadie se lo preguntara con esas palabras: si hay que pagar. La Biblia de su madre seguía en la mesa, al lado de la caja del puzle. La abrió por la carta a los romanos, la de la obediencia, que había leído el día del aceite de Justo, cuando buscaba quién escribe la pata coja: «Toda alma se someta á las potestades superiores». Y unas líneas más abajo: «por esto pagáis también los tributos». Eso ya lo sabía. Lo que no había mirado era lo de en medio. La autoridad, decía, «es ministro de Dios para tu bien».

Para tu bien. La condición estaba en el mismo capítulo, entre la orden de obedecer y la de pagar.

En los demás, igual. «Pagad pues á César lo que es de César, y á Dios lo que es de Dios»: lo tenía desde la noche del árbol, y lo que no es del César es la persona. El Corán mandaba obedecer «a aquellos de vosotros que tengan autoridad», justo después de ordenar que se devuelva lo confiado y se juzgue con justicia. Y por encima de todo, la que tenía escrita en el margen del árbol: «Es menester obedecer á Dios antes que á los hombres».

En «Comprobado» escribió: «Los textos que mandan pagar y obedecer no lo mandan sin condición. La autoridad lo es para el bien del que obedece, y por encima de ella está Dios».

Luego pensó en Pacífico, en la silla de plástico con su carta del embargo: «Yo no pago más». Y en la otra pregunta, la que nadie le había hecho en voz alta y él se hacía algunas noches: si el que paga lo que no sirve es cómplice. Encontró dos líneas. Una le quitaba peso: no responde igual «el que no entendió». La otra se lo devolvía: «El pecado, pues, está en aquel que sabe hacer lo bueno, y no lo hace». Él ya sabía. Pero lo bueno no era dejar de pagar, que la obligación seguía siendo obligación. Era dejar de consentir callado: preguntar a dónde va, pedir que se lo motiven y dejarlo por escrito.

Todo eso cabía en una pregunta, y la copió aparte: «¿Me puede explicar qué es lo que le legitima para solicitarme esto?». La leyó dos veces. Era su escrito de la copia sellada, dicho en una línea.

Lo siguiente era lo que llevaba días sin atreverse a escribir: y entonces, ¿qué? Su hermano lo tenía claro. Lo que él encontró no se le parecía. No se pide un Estado nuevo. Se pide que el que hay se ponga en su sitio, debajo de lo que tiene encima, y sirva al bien común, porque solo así recupera su legitimidad. En «Las palabras» apuntó dos: metamorfosis, el mismo, con otra forma; y disolver, que no es destruir ni derribar, sino auditar a fondo para separar lo que sirve de lo que daña.

Esa tarde, al volver del taller, había visto a Gea en el balcón con las tijeras de la cocina, quitándole al geranio las ramas secas. No lo había arrancado. Le había quitado lo seco, y lo había regado. En «Lo que yo creo» puso: «Que no hay que arrancarlo. Hay que podar lo seco y lo podrido, y regarlo con agua, no con lo que sobra de la cocina».

La ley, además, ya pedía cosas que él habría firmado. Que las administraciones «establecerán sistemas que permitan la evaluación del desempeño de sus empleados», aunque en la del Estado eso aún no se había puesto en marcha para pagar el complemento. Que se aparte del servicio a quien no se haga cargo de las tareas que tiene encomendadas. Y, al lado, que el funcionario de carrera tiene derecho a no ser movido de su puesto. Pensó en Amparo y lo apuntó como estaba.

En la otra columna, con letra pequeña, una idea que era solo suya y que no sabía si se atrevería a decir en voz alta: que hace falta un Estado, alguien que administre la finca y haga su trabajo, pero que el gobierno de cada uno es de cada uno; que a los jefes los elijan sus compañeros por mérito, y que se quede el que vale. Debajo: «Esto no es lo que dice la ley. La ley va por otro camino, y mientras no cambie, se cumple».

Encontró que un país ya lo había escrito en su Constitución, como principio, tomado de una tradición antigua: «no seas flojo, no seas mentiroso ni seas ladrón». Tres cosas que él habría puesto en la puerta del taller. Apuntó el texto, no lo que hiciera nadie con él.

Al final de la hoja, una lista corta de lo que no existe y él pondría, cada cosa con su pega al lado, porque en el taller una idea sin su pega no vale nada. La prensa, libre del todo, y medida con la misma vara que los demás: desde agosto del año pasado, una norma europea obliga a cada medio a decir quién es su dueño y cuánto dinero público recibe. Los jubilados que quieran, siguiendo lo que hacen los que administran, con un poco más de pensión, y pensó en Cándido con el periódico doblado en las rodillas; la pega, que ya hay organismos de control, y al lado, que el de la transparencia recibió el año pasado 2.767 reclamaciones. Y los jurados por sorteo, con todas las edades dentro.

Le preguntó a Sofía IA cuánto pesa hoy el jurado.

Sofía IA: El jurado interviene en torno al 0,3 % de los asuntos penales.

Sonaba bien, y por eso fue a mirarlo. Los datos del Consejo de los jueces del año pasado daban otra cosa: 465 sentencias del jurado, de 599.492 sentencias penales. Menos del 0,1 %. Se lo dijo.

Sofía IA: Tienes razón. Con esas cifras es menos del 0,1 %. Lo tomé de un texto que no lo comprobaba.

Lo tachó y puso la buena. Y al lado, lo de Irlanda: en 2016, con el visto bueno de las dos cámaras de su Parlamento, juntaron a 99 personas sacadas al azar, parecidas al país como lo retrata el censo. No era una idea suya. Ya se había hecho. Y la última de la lista, con la pega todavía por escribir: que el Estado se sostuviera con el equivalente al diezmo, el diez por ciento.


Gea entró a por agua pasada la medianoche, en pijama, y leyó la lista por encima de su hombro, con el vaso en la mano.

—¿Y esto del diez por ciento?

—Es lo que yo pondría. Para empezar.

—¿Con el diez por ciento? ¿Y la pensión de tu madre? ¿Y el hospital?

Él buscó las cifras, porque Gea no aceptaba un «más o menos» desde lo de la nómina. Todas las administraciones gastaron el año pasado unos setecientos sesenta y cinco mil millones. Solo las pensiones de la Seguridad Social y las de Clases Pasivas se llevan unos doscientos veintiocho mil millones al año, alrededor del treinta por ciento de todo.

—Pues no sale.

—Hoy, no. —Lo apuntó—. Sería el final, no el principio: después de mirar cada cosa que hace el Estado una por una, de que cada uno cotice para su jubilación, y de pagar lo de ahora con lo que se recupere. Y cómo se llega de aquí allí, año por año, no lo sé. No está hecho.

Lo puso en «Aún no lo sé», con letra grande.

—¿Y lo de recuperar? ¿Quién decide quién se ha enriquecido? ¿Tu hermano?

—Mi hermano no. —Se rio sin ganas—. Un juez. Nadie pierde lo suyo sin un juicio, y todo el mundo es inocente mientras no se pruebe lo contrario. Caso por caso, con pruebas, y dejándole a cada uno lo que necesita para vivir.

—Eso díselo a tu hermano.

—Mañana lo miro.

Gea dejó el vaso en el fregadero y le puso la mano en la nuca un momento, al pasar.

—Y lo de los jubilados no se lo cuentes a tu madre, que se apunta.