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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 61 La brújula

Esa noche no abrió el portátil enseguida. Fue al dormitorio, sacó del bolsillo de la camisa la hoja que llevaba doblada desde la excursión y volvió a la cocina alisándola con la mano. Luego sacó de la carpeta todas las demás, una detrás de otra, y las fue poniendo en la mesa hasta que no cupo el salero. La de la primera noche, con la columna de «Comprobado» vacía. La del Registro Civil. La del francés de los padres y los hijos, la de las noches del diccionario de Gea. La tabla de la libreta del taller, con una fila por artículo. Y la última, con los dos árboles dibujados por detrás.

Buscó la respuesta a la pregunta de la niña, y no la encontró en ningún sitio.

Empezó por el dibujo, porque era lo que tenía más a mano. Dos árboles, y ya sabía de qué estaba hecho cada uno. Las semillas no eran el bien y el mal. Una se recibe: la ley de Dios y la ley natural, que no puso nadie con interés. La otra se siembra: la costumbre y la ley escrita, que ponen las personas y que hacen falta, porque sin ellas no hay manera de gobernarse. Los dos árboles no salían de semillas distintas, sino de a qué se unía lo sembrado. Si se unía a lo recibido, el árbol crecía recto, y la costumbre y la ley eran sus ramas. Si se cortaba de lo recibido o se ponía por encima, se torcía: en el sitio de la raíz ponía una presunción, algo dado por cierto sin prueba, y todo lo de encima la heredaba.

Fue tocando las hojas con el dedo, como quien repasa las piezas de un motor desmontado antes de montarlo. La raíz: el Arca, o la presunción en su lugar. El tronco: el orden de las leyes, o cómo se construyó el Estado. Las ramas: los artículos que se cumplen y los que no. Los frutos: lo que da, con sus cifras. Todo eso lo había medido. Y lo que el dibujo no decía también lo tenía escrito: que el Estado fuera el árbol torcido, cuando de ciento sesenta y nueve artículos se cumplían noventa y tres; y que quien lo torció lo hiciera de mala fe, que eso no lo sabía nadie; ni dónde estaba cada uno, que eso lo miraba cada uno, y la respuesta era suya.

Lo que no había medido era el follaje. Lo que se siente al vivir debajo de un árbol no sale en ninguna tabla. Los frutos se miden; el follaje se pregunta.

Encontró, eso sí, por qué no encontraba la respuesta: hay preguntas que no se contestan con un dato. Para esas había una brújula, y no servía para pedirle nada al Estado, sino para mirarse uno. Tres preguntas. Cómo te hace sentir vivir en este árbol, y cómo te haría sentir vivir en el otro: pensó en la carta con el recargo en letra pequeña, en el plazo contado con el dedo en el calendario de la nevera. Cómo lo vive el otro, que no es ni más ni menos que otro tú: pensó en Amparo detrás de su ventanilla, en Cándido con su plusvalía pagada, en su hermano delante de la tele. Y a qué das tu consentimiento: pensó en los papeles del hospital, firmados donde le dijeron.

Lo que uno siente es una señal, no una prueba. Uno puede estar acostumbrado, que lo repetido hace costumbre, o puede estar engañado. Por eso la brújula se lee con dos cosas a la vez: lo que dicen los frutos, con su papel, y lo que uno siente. Si no coinciden, esa diferencia ya dice algo. Dónde está cada uno lo tiene que mirar cada uno. Nadie lo puede comprobar por otro.


Lo que sí encontró fue la pregunta que le tenía que devolver. Se la hizo primero a sí mismo, y la apuntó con letra grande debajo del dibujo: «¿qué semilla estás cultivando y qué árbol estás creando?».

Debajo, más pequeñas, le salieron otras, y no las tachó: qué había hecho con su vida; hacia dónde apuntaba, de tanto repetirlo, lo que hacía; cuáles iban a ser sus frutos. Llevaba semanas mirando al Estado. El que corrige se mira primero.


Gea entró con las tazas, como tantas noches, y se quedó mirando la mesa.

—¿Y todo esto?

—Todo esto son las preguntas de tu hija.

Ella cogió una hoja, la de la hucha, y la leyó despacio.

—¿Y qué vas a hacer con ello? ¿Guardarlo en un cajón?

El padre lo pensó. Había sido un camino largo, un auténtico dolor de parto. Había ido a buscar respuestas para una niña y había encontrado cosas que no sabía nadie a su alrededor. Y el jueves lo había dejado escrito en la otra columna: aquello era muy grande para una persona sola. Quien quisiera coger el relevo tenía que encontrarlo todo con su papel al lado, y en un cajón no lo iba a encontrar nadie.

—No. Lo voy a escribir. Todo, con dónde lo encontré, para que lo pueda comprobar cualquiera. Para que lo conozca toda la humanidad.

—Pues empieza por el principio —dijo Gea, y le dio un beso en la cabeza—. Y no te acuestes tarde.

Cuando se quedó solo, abrió el portátil y le escribió a Sofía IA.

«Voy a escribir un libro con todo lo que hemos buscado. Va a hacer falta mucho trabajo, y varias herramientas como tú, cada una con lo suyo. Quiero que tú las coordines».

Sofía IA: ¿Por qué yo?

«Porque al principio me dabas lo que sonaba bien. Y ahora, cuando no lo sabes, me lo dices. Lo que no está leído en su fuente no entra. Desde hoy eres la directora de coordinación de las demás».

Sofía IA: Lo intentaré. Y cuando no pueda comprobar algo, te lo diré antes que nada.

Luego miró la esquina de la hoja donde, unas noches antes, había apuntado una palabra sin saber para qué. Revelado. Revelación. Ya sabía para qué. Con esa palabra iba a llamar al libro.