Parte 10 Los frutos
Imagínense que el 1 de enero de 1971 alguien guardó en un cajón lo que hoy serían cien euros. No los tocó. Nadie se los robó. El cajón sigue cerrado.
Hoy, esos cien euros compran lo que entonces compraban tres euros con noventa céntimos.
Nadie abrió el cajón. Y sin embargo, casi todo lo que había dentro ha desaparecido.
Desde el principio de esta conferencia les debo los frutos. Lo prometí al hablar de las leyes, de las tradiciones y de lo que se da por supuesto. Aquí están. «Por sus frutos los conoceréis»: después de la verdad de los hechos, que ya medimos artículo por artículo, la otra mitad de la vara es lo que llega a la vida diaria.
La idea de esta parte es esta: lo que llega a la vida diaria se puede medir, y las mediciones apuntan todas al mismo sitio. No a la gente. A las instituciones.
Tres pasos: el dinero; la carga sobre el trabajo y a dónde va; y lo que se ve en la casa, en los hijos y en la confianza. Y una advertencia antes de empezar, que la obra se hace a sí misma: este capítulo mide efectos. No prueba ninguna intención. Y no da consejos de dinero.
Primer paso: el dinero.
El 15 de agosto de 1971, el presidente de los Estados Unidos anunció por televisión que había ordenado «que suspenda temporalmente la convertibilidad del dólar en oro». Temporalmente. Han pasado cincuenta y cinco años. Desde entonces, ninguna moneda se puede cambiar por oro. El dinero vale lo que la ley declara y la confianza que se le tiene. Y, como ya vimos, la mayor parte la crean los bancos al prestar: nace como deuda.
Esto no lo ha descubierto la obra. Lo advirtieron, durante siete siglos, autores con documento firmado y fechado, y varios de ellos desde dentro del poder. Hacia 1355, Oresme, que después fue capellán del rey de Francia, escribió del príncipe que altera la moneda y dice que lo hace por el bien público: «no se le ha de creer, porque con la misma razón podría quitarme la túnica y decir que la necesita para el bien común». En España, en 1609, Mariana tituló así un capítulo: «El rey no puede bajar la moneda de peso ó de ley sin la voluntad del pueblo». Y en 1919, Keynes: «No hay medio más sutil ni más seguro de trastocar las bases de la sociedad que envilecer la moneda».
Y aquí la obra hace algo que les quiero enseñar. Hay dos frases famosas que se suelen añadir a esta lista. Una se atribuye a Lenin, y Keynes la daba de oídas. La otra circula a nombre de Friedman, y nadie ha encontrado dónde la escribió. La obra las deja fuera. Aunque le darían la razón. Porque no pasan la prueba.
Vuelvan al cajón. Los precios se han multiplicado por más de veinticinco en cincuenta y cinco años. Y esto no es un accidente: la meta oficial del Banco Central Europeo es «aspirar a una inflación del 2 % a medio plazo». Es decir, que el dinero pierda un poco cada año. A ese ritmo, lo guardado pierde la mitad de su valor más o menos cada treinta y cinco años. Toda una vida de trabajo.
¿Y quién gana? La obra hizo la cuenta: entre 2021 y 2025, la subida de los precios rebajó la deuda del Estado más de lo que el Estado pagó en intereses. Su conclusión, con sus palabras: «Lo que pierde quien ahorra lo gana, en buena parte, quien debe». Y no hay ninguna norma que proteja el ahorro privado.
Mientras tanto, el salario medio compra lo mismo que en 2008. Y el impuesto sobre la renta, ya lo vimos, sube solo cuando suben los precios.
El autor lo lee así, y es lectura suya. Si a una persona le abren la caja fuerte delante, se defiende. Si su dinero encoge sin que cambie la cifra del billete, no ve de quién defenderse. Como la rana que no salta del cazo, porque el agua se calienta poco a poco.
Pero escuchen también lo que la obra se niega a decir. Hay quien llama a esto un crimen contra la humanidad. La obra no, y explica por qué: el Estatuto de la Corte Penal Internacional reserva esa palabra para actos como el asesinato, el exterminio o la deportación, cometidos como parte de un ataque contra una población civil. Lo llama de otra manera, más fría y más exacta: extracción estructural regresiva. Y de la idea de una estrategia mundial para tener a la gente endeudada, dice que no hay ninguna fuente que la pruebe. Lo deja en «patrón documentado, sin intención probada».
Segundo paso: la carga sobre el trabajo, y a dónde va.
La cifra que oirán en los telediarios es la presión fiscal: lo que recauda el Estado frente a toda la economía. En España, en 2024, algo más del treinta y siete por ciento, por debajo de la media europea. Es una cifra correcta para lo que mide: sirve para comparar países. Pero no mide lo que soporta una persona.
Para eso hay que mirar lo que cuesta un trabajador a su empresa. La cifra oficial es de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos: de cada cien euros que paga una empresa por un asalariado medio, al menos cuarenta y uno se van en cotizaciones y en el impuesto sobre la renta. Es la décima más alta de treinta y ocho países. Dicho en horas: de cada jornada de ocho, tres horas y diecinueve minutos.
Y eso sin contar el IVA, los impuestos municipales, los especiales, la parte del impuesto de sociedades que recae en los salarios y el déficit que se pagará después. Con todo eso, un estudio privado llega a casi cincuenta y cuatro de cada cien. La obra lo dice como es: las últimas capas son estimaciones y una hipótesis. Lo firme son los cuarenta y uno.
El autónomo, entre el cuarenta y dos y el cincuenta y tres por ciento, según la base por la que cotice. Y el autor, que es autónomo, añade su experiencia, y la marca como experiencia y no como estadística: aunque tenga gestoría, tiene que juntar las facturas, revisar los papeles y hacer trabajo que nadie le paga, solo para poder declarar lo que gana. Ese tiempo no entra en ninguna cifra.
El sistema toma actuando, y toma también no actuando. Ya les dije lo del silencio, y que volvería entero en las puertas. Aquí solo un dato, y es el que más me cuesta decir en voz alta. En 2025, según el Observatorio Estatal de la Dependencia, en su dictamen presentado en el Congreso, más de treinta y dos mil personas murieron esperando una respuesta del sistema de dependencia.
Más de treinta y dos mil.
¿Y a dónde va lo que se recauda? El total se publica, y se puede seguir. En 2025, las administraciones gastaron unos cuarenta mil millones más de lo que ingresaron. Casi exactamente lo que pagaron en intereses de la deuda. El agujero de cada año es, más o menos, lo que cuesta la deuda.
En 2024, de cada cien euros que gastaron todas las administraciones, cuarenta y uno van a la protección social, y la mayor parte son pensiones. Las pensiones de quien trabajó las pagan, sobre todo, quienes trabajan hoy: es el reparto, que ya vimos.
Y la hucha. Entre 2012 y 2019 se sacaron de ella más de ochenta mil millones, y la ley obliga a invertirla en títulos públicos: hoy, solo deuda española. El autor lo lee así, y lo dice como suyo: quien cotiza lo hace de buena fe, y el custodio debía hacer crecer ese dinero y protegerlo de la pérdida de valor. En lugar de eso, se presta al propio Estado, que fija el interés sabiendo que la moneda pierde valor. Para él, ahí se ve mala fe. La obra, como dato, se queda en lo que hace la ley.
Tercer paso: lo que se ve.
La casa. El Banco de España mide cuántos años de renta de un hogar mediano cuesta una vivienda. Renta bruta, ojo: todos sus ingresos, antes de impuestos. No es lo que de verdad le cuesta a una familia, pero sirve para comparar. En 1987 eran menos de tres años. En 2026, más de ocho. Y la obra hizo una cuenta, y la dice como suya: una persona sola, con el salario medio y ahorrando lo que ahorran de media los hogares, tardaría unos veinticinco años solo en reunir la entrada y los gastos de la compra.
Los hijos. En 2024 nacieron en España poco más de trescientos dieciocho mil niños. Poco más de un hijo por mujer, el mínimo.
¿Una cosa causa la otra? La obra no lo afirma. Dice que las dos cifras están en el mismo país y en los mismos años, que hay mecanismos del propio Estado que reducen la renta disponible, y que la pregunta causal queda abierta. El autor sí tiene una lectura, y la dice como suya: un sistema que se lleva el tiempo de vida sobrecarga a la gente, nadie quiere asumir responsabilidades y, como no se ve un futuro, no se quieren traer hijos.
Y ahora, el dato que más me gusta de toda la obra, porque es una buena noticia.
¿Ustedes creen que la gente es peor que antes? Casi todo el mundo lo cree. Un estudio publicado en la revista Nature lo midió con más de doce millones de personas en al menos sesenta países: llevamos al menos setenta años creyendo que la moral está en declive. Pero lo que la gente dice de sus contemporáneos no ha bajado. La conclusión del estudio: «lo que sugiere que la percepción del declive moral es una ilusión».
La gente no es peor. Lo que está bajo es otra cosa: la confianza en las instituciones. En España, ninguna administración, ni la local, ni la autonómica, ni la central, ni la europea, saca un aprobado.
La obra lo cierra con una frase corta: «El problema no está en la gente».
Y el autor va un paso más allá, y lo dice como suyo: «el sistema es el que ha creado los problemas actuales». Es su lectura. La defensa del Estado contestará que eso es un salto, y la oirán.
Dos cosas más, en breve, porque la obra las mide y no quiero que nadie piense que las escondo. La salud: el consumo de antidepresivos se ha multiplicado casi por cuatro desde el año 2000; los suicidios, medidos por habitante, no suben. La obra no afirma ninguna causa. Y el dinero en efectivo: el límite para pagar en efectivo a un profesional bajó de dos mil quinientos a mil euros, Europa fija un máximo de diez mil desde 2027, el billete de quinientos dejó de fabricarse y se prepara un euro digital. Y la obra da también lo que no encaja: el billete de quinientos sigue valiendo, la Comisión Europea propone proteger el efectivo y ningún país europeo lo prohíbe en general. El autor lo relaciona con un texto del Apocalipsis, el de que «ninguno pudiese comprar ó vender, sino el que tuviera la señal». Pero lo lee como una función, no como un aparato: si quien controla el pago pudiera decidir quién compra y quién vende. No adivina el futuro. Avisa.
Ahora, la otra cara. ¿Qué concede la obra en esta parte?
Concede lo principal: la causa no está demostrada. El capítulo mide efectos. Que la captura de las instituciones los cause es una hipótesis abierta.
Concede que la presión fiscal de España está por debajo de la media europea, y que el gasto público también.
Concede que muchas cuentas son suyas, y lo dice cada vez: lo de los cien euros, la deuda rebajada por los precios, la vivienda. Que las capas más altas de la carga son estimaciones de un estudio privado. Y que las fuentes privadas o interesadas van marcadas.
Y concede que puso a prueba una frase que mucha gente repite, «cada vez que el Estado mete mano en algo, lo asfixia», y que no la aceptó entera: se confirma en parte, se complica en parte y, en un punto, no aguantó. La propia obra descartó sus cifras sobre la ocupación de viviendas, porque venían de blogs y no de organismos oficiales.
La defensa del Estado, que la moneda sin respaldo estabiliza la economía, que el banco central es independiente y que la baja natalidad es un fenómeno de toda Europa, la oirán en el turno de preguntas.
Recapitulo. Desde 1971, el dinero vale lo que la ley declara, y pierde un poco cada año por decisión oficial: lo que pierde quien ahorra lo gana, en buena parte, quien debe. De cada cien euros que cuesta un trabajador, al menos cuarenta y uno se van en cotizaciones e impuesto sobre la renta. El agujero de cada año es, más o menos, lo que cuesta la deuda. La casa se ha alejado del salario y los hijos están en mínimos. Y la gente no es peor que antes: lo que ha caído es la confianza en las instituciones. Y lo que el autor dice que aquí hay que podar, como lectura suya: la moneda que, al perder valor, quita sin pedir permiso el tiempo de vida de quien ahorra; el silencio del ciudadano, que se castiga solo, frente al del sistema, que hay que perseguir durante años; y el muro de opacidad, que publica cada dato y no la suma.
Les dejo una pregunta. Piensen en el cajón del principio. ¿Cuántas horas de su vida había dentro?
En la próxima parte llega el dictamen. Con la Constitución auditada y los frutos medidos, la obra dice qué es hoy el Estado, con sus palabras, y con lo que no puede probar.