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Apocalipsis del Sistema
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Empezar a leer

Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 3 Papá, ¿tú dijiste que sí por mí?

Esa noche no empezó por el periódico. Empezó por Sofía IA, porque quería saber cómo se llamaba la ley que tenía que buscar.

Le escribió: «¿Qué pasa cuando nace un niño? ¿Quién lo apunta en el Registro Civil?».

Sofía IA: Lo apuntan los padres, cuando pueden. No hay plazo.

Lo leyó y no lo apuntó en ninguna parte. Fue a buscar la ley del Registro Civil, la de verdad, en la página del Boletín Oficial del Estado. Tardó en dar con lo que buscaba, porque la ley era larga y estaba escrita como se escriben las leyes, que cansan antes de llegar a lo que uno busca. Pero llegó.

Lo primero de la lista no eran los padres. Era «La dirección de hospitales, clínicas y establecimientos sanitarios». Y esa dirección «comunicará en el plazo de setenta y dos horas a la Oficina del Registro Civil» cada nacimiento.

Le escribió a Sofía IA: «Sí hay plazo. Y lo primero no son los padres: es el hospital».

Sofía IA: Tienes razón. Te contesté de memoria y sin mirar la ley.

Siguió leyendo. «El registro individual se abrirá con la inscripción de nacimiento». Y a cada registro se le asigna un código personal, una secuencia «que será única e invariable en el tiempo».

Volvió a la hoja de las tres columnas y miró lo que había apuntado la noche anterior, lo del periódico. El periódico no iba desencaminado, pero no decía lo mismo. Decía «a los pocos días», y la ley decía setenta y dos horas. Decía «un número para toda la vida», y la ley decía un código único e invariable en el tiempo. Por eso hay que leer el original, pensó. El que resume, aunque acierte, ya ha decidido por ti qué te cuenta.

Tachó lo del periódico en «Aún no lo sé» y escribió en «Comprobado»: «Al nacer, el hospital tiene que avisar al Registro Civil en setenta y dos horas. Se abre un registro con un código que no cambia nunca».

Se quedó un rato con el lápiz en la mano. Nadie había preguntado nada. Y nadie podía preguntar: la interesada tenía cero días.

Al día siguiente, por la tarde, Sofía fue con él al taller. Se sentó en el taburete alto, el de las herramientas finas, y se puso a balancear las piernas mientras él cambiaba las pastillas de freno de un coche que no era de nadie que ella conociera.

—En el recreo se lo he contado a mis amigos —dijo—. Lo de que nadie de mi clase votó.

—¿Y qué te han dicho?

—La de la trenza dice que a ella le da igual, que total, nadie le pregunta nada nunca. Y el de las gafas dice que su padre dice que, si lo votaron los mayores, vale para todos. Que así funcionan las cosas.

—¿Y tú qué piensas?

—Que a mí no me da igual.

Él apretó una tuerca antes de contestar.

—El padre de tu amigo dice lo que dice la ley: lo votó el pueblo, y vale. Eso es verdad. Lo que yo he encontrado es que ni tú ni yo lo votamos. Y eso también es verdad. No hace falta que ninguno esté equivocado.

Sofía lo pensó, balanceando las piernas.

—Pues la de la trenza sí que está equivocada. A mí sí me importa.

—¿Qué has encontrado tú? —le preguntó después.

Él se limpió las manos con el trapo antes de contestar.

—Que cuando naciste, el hospital tenía que avisar al Estado. Y que te apuntaron en un registro con un código que no cambia nunca.

—¿Y me preguntaron?

—No podían. Acababas de nacer.

Sofía dejó de balancear las piernas.

—Pero tú estabas allí.

Él se acordó de pronto. La madrugada en que nació Sofía, una enfermera le puso delante unos papeles y un bolígrafo. Firmó donde le dijeron, sin leer, con los ojos puestos en la niña, que dormía en el brazo de Gea.

—Papá, ¿tú dijiste que sí por mí?

—Firmé unos papeles —dijo despacio—. Sin leerlos.

Lo dijo sin buscar excusas, porque no las había.

—Y de eso respondo yo. Cada uno es responsable de sí mismo.

Sofía lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Y me diste al Estado?

Él dejó la llave en el banco.

—No —dijo—. Eso lo creo con todo el corazón. Pero creerlo no es comprobarlo.

Sofía se bajó del taburete y se fue a mirar los tornillos del cajón, que era lo que hacía cuando una cosa no le gustaba. Él la dejó estar.

Por la noche buscó si un padre podía dar a su hijo. No a cuidarlo: darlo. Encontró de todo. Páginas que decían que sí, páginas que decían que no, y casi ninguna que dijera de dónde lo sacaba. Encontró también un vídeo de un profesor que hablaba de un filósofo francés, Rousseau, que ya había escrito sobre eso hacía siglos. Pero el profesor no decía en qué libro, ni con qué palabras.

Otro que me dice dónde mirar, pensó, y no me enseña la página.

Apuntó en «Aún no lo sé»: «¿Puede un padre dar a su hijo? Rousseau. Buscar el libro y leerlo».

Por la mañana, mientras desayunaban, Sofía le preguntó con la boca llena de manzana, sin mirarlo:

—¿Me diste o no me diste?

Gea, que estaba sirviendo el café, se volvió hacia ella.

—Tú no eres de nadie, Sofía. Eres tuya.

Lo dijo sin pensarlo, como quien dice que hace frío. La niña miró a su padre, a ver qué decía él.

—Tu madre dice lo que yo creo —dijo él—. Pero esto aún no lo sé, Sofía. Déjame mirarlo.