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Apocalipsis del Sistema
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Empezar a leer

Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 8 Papá, ¿la carta tiene razón?

Esa noche abrió la carta encima de la mesa y, por primera vez, la leyó entera. Le reclamaban un pago del taller. Tenía un plazo, un número de expediente y el artículo de una ley que él no conocía. Buscó la ley y la leyó. El artículo decía lo que decía la carta, ni más ni menos. Él seguía pensando que aquel pago no le tocaba, pero eso era lo que él creía.

Lo que no sabía era otra cosa: quién tenía que demostrar qué. Si la carta se equivocaba, ¿tenían que probarlo ellos o tenía que probarlo él?

Lo encontró en la ley del procedimiento administrativo. Los actos de la Administración, decía, «se presumirán válidos y producirán efectos desde la fecha en que se dicten». Y lo que anota un agente de la autoridad vale como prueba, salvo que uno demuestre lo contrario.

Se presumirán válidos. Otra vez la misma palabra. La carta valía desde el día en que la firmaron, tuviera razón o no. Y si no la tenía, era él quien debía probarlo.

Notó cómo le subía el calor por el cuello. Se levantó, fue hasta la ventana y respiró hondo, despacio, varias veces, hasta que el calor bajó. Luego volvió a la mesa. Enfadado no se diagnostica bien un motor.

Siguió leyendo, porque no quería quedarse solo con lo que le enfadaba. Y encontró lo que no encajaba con su enfado: sin esa presunción, ninguna administración podría funcionar, porque tendría que demostrar cada cosa antes de hacerla. Y la ley deja reclamar. Eso también era verdad, y lo apuntó.

En «Comprobado» escribió: «Lo que hace la Administración vale mientras no se demuestre lo contrario. El que no está de acuerdo, prueba. Tiene su razón: si no, no funcionaría nada. Y se puede reclamar».

Y en «Lo que yo creo»: «Que la balanza pesa más de un lado que del otro. El Estado se da por bueno a sí mismo, y a mí me pide pruebas».


Al día siguiente, Sofía hacía los deberes en la mesa de la cocina, con la lengua entre los dientes, y él preparaba la merienda.

—¿La carta tiene razón? —preguntó sin levantar la vista del cuaderno.

—Todavía no lo sé. Lo que sí sé es quién tiene que demostrarlo. Y no son ellos: soy yo.

Sofía levantó la vista.

—¿Por qué tú?

—Te pongo un ejemplo. Imagínate que la señorita escribe en tu agenda que no has hecho los deberes. Lo que pone la señorita vale, aunque tú los hayas hecho. Y si no es verdad, tienes que demostrarlo tú.

—¡Eso no es justo! Que lo demuestre ella.

—Algo de razón tiene la cosa —dijo él—. Si la señorita tuviera que demostrar cada cosa que escribe antes de escribirla, no daría clase. Y tú puedes ir y enseñarle el cuaderno.

Sofía lo pensó con el lápiz en la boca.

—Pero entonces la señorita siempre gana un poco.

Él no contestó enseguida. La niña lo había vuelto a decir mejor que él.

—Eso es lo que yo creo, sí. Que la balanza pesa más de un lado.

—¿Y qué vas a hacer? ¿No vas a pagar?

—Voy a hacer lo que dice la carta, dentro del plazo. Los plazos se cumplen. Y voy a pedir por escrito que me digan en qué se basa. Con educación y sin enfadarme.

—¿Y eso sirve de algo?

—Sirve para que quede escrito. Lo que queda escrito no se lo lleva el viento.

Por la noche escribió la carta. Le salió larga y con alguna palabra fea. Gea la leyó por encima de su hombro, con la taza en la mano, cogió el bolígrafo y tachó un adjetivo.

—Pon lo que pasó. Lo que tú piensas de ellos no hace falta.

Él volvió a leerla sin el adjetivo. Era mejor. La luz no juzga, pensó: ordena los hechos y los deja ahí, para que los vea cualquiera.


El sábado por la mañana, Sofía se fue con él al taller. Se subió al taburete alto de las herramientas finas y se puso a balancear las piernas, mirando cómo su padre desmontaba una rueda.

A media mañana entró el del furgón blanco. Se lo había llevado arreglado hacía semanas, y la factura seguía sin pagar.

—Ya sé lo que me vas a decir —dijo, con las manos en alto, antes de que el padre abriera la boca—. A final de mes, te lo juro. Este mes Hacienda me ha embargado la cuenta y voy justo.

—¿Te la han embargado?

—Sin juez ni nada. Un día miro el banco y me falta el dinero. —Se encogió de hombros—. Y mira, algo de lógica tiene. Si Hacienda tuviera que ir al juez por cada uno como yo, no cobraba nunca.

Se rio de sí mismo, le dio una palmada en el hombro y se fue.

Sofía dejó de balancear las piernas.

—Papá, ¿y por qué no vas tú a su casa y le coges el dinero?

—Porque no se puede. Si no me paga por las buenas, tengo que ir a un juez, y que el juez me dé la razón. Sin eso, nada.

—¿Y a él por qué se lo han quitado sin juez?

El padre se limpió las manos con el trapo, despacio.

—Eso es lo que dice él. Si es así, todavía no lo sé.

—¿Y a ti te lo pueden hacer?

—Esta noche lo miro.

Esa noche dejó la carta a un lado y buscó lo que había dicho el del furgón. Lo que dice un cliente en la puerta del taller es como lo que dice un periódico: te dice dónde mirar, no lo que hay.

Lo encontró en la misma ley de la otra noche. Lo que decide la Administración se cumple ya: sus actos «serán inmediatamente ejecutivos», y ella misma puede cobrárselos, sin pedirle antes permiso a ningún juez. Luego buscó lo suyo, lo de un taller al que no le pagan, y lo encontró en otra ley: «La acción ejecutiva deberá fundarse en un título que tenga aparejada ejecución». Le costó entenderlo. Quería decir que, para cobrar a la fuerza, él necesitaba antes un papel que lo permitiera: una sentencia, o algo que valiera como ella.

Así que no era verdad eso que daba por hecho tanta gente, y él el primero: que el Estado y el ciudadano se cobran con la misma vara. No era una presunción. Era falso, y lo decía la propia ley.

De la otra cara, una parte ya se la había dado el del furgón; el resto lo buscó él. Si la Administración tuviera que ir a un juez por cada cobro, no cobraría, y lo que cobra es para lo de todos. Y lo que hace se puede recurrir después ante un juez, y quien recurre puede parar el cobro si deja una garantía. Lo apuntó al lado. Era verdad.

Ya tarde, buscando otra cosa, dio con una ley muy antigua, del libro del Deuteronomio, sobre el que presta algo a su vecino: «Cuando dieres á tu prójimo alguna cosa emprestada, no entrarás en su casa para tomarle prenda: Fuera estarás». Ni al que había prestado lo dejaban entrar en casa del otro a cobrarse.

En «Comprobado» escribió: «No nos cobramos con la misma vara. Yo, para cobrar a la fuerza, necesito un juez. La Administración, no: cobra primero, y el que no está de acuerdo recurre después. Tiene su razón: si no, no cobraría».

Y en «Lo que yo creo»: «Que lo que la ley de Dios no le deja hacer ni al que presta, el Estado se lo deja hacer a sí mismo».


Al día siguiente, en el desayuno, Sofía no se había olvidado.

—¿Te lo pueden hacer a ti? Lo del furgón.

—Sí. Si no pago lo que me toca, ellos se lo pueden cobrar solos. Por eso los plazos se cumplen.

—¿Y eso es justo?

Él untó la tostada antes de contestar.

—Tiene su parte de razón y su parte que no. Si tuvieran que ir al juez por cada uno, no cobrarían nunca. Pero a mí me piden un juez, y a ellos no.

—Entonces, ¿quién tiene razón?

—Mira, hija. La virtud está en el centro, entre los extremos. Por eso yo apunto siempre lo que me duele y, al lado, lo que se me puede contestar. Si solo apunto lo que me duele, la balanza la inclino yo.

Sofía se bajó de la silla y se fue a su cuarto sin decir nada. Volvió con su hucha, la de cerámica, y la dejó encima de la carta.

—Para que pagues. Que no te quiten el dinero.

Al padre se le hizo un nudo en la garganta.

—Guárdala, anda. Eso es tuyo.

Sofía agitó la hucha junto a la oreja, escuchando las monedas.

—La abuela dice que antes, con una moneda de estas, se compraban muchas más cosas. ¿Por qué? Papá, ¿mi hucha pierde dinero?

Él cogió la hucha y la volvió a poner en sus manos.

—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.