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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 15 Papá, ¿a quién votas tú?

Para mirar qué había antes de los Estados hacían falta noches largas, y esa semana no las hubo. En la clase de Sofía elegían delegado.

Ella se había presentado. Lo supo el padre el jueves, a la salida, porque la niña salió del colegio con la mochila arrastrando y la cara larga.

—Ha ganado el de las gafas.

—¿Y tú?

—Me han votado la de la trenza y yo. —Le dio una patada a una piedra—. Él ha dicho que, si salía, pediría más recreo. Y claro, le han votado todos.

El padre le cogió la mochila.

—¿Y tú qué habías dicho?

—Que pediría que arreglaran la fuente del patio. Que no sale agua.

—Pues eso era verdad, y hacía falta.

—Ya. Pero no me han votado.

Él se agachó para quedarse a su altura, allí mismo, en la acera.

—Escúchame. Lo que tú vales no depende de cuántos te voten. No necesitas que nadie te dé permiso para valer lo que vales.

Sofía se sorbió la nariz y echó a andar. A la mitad de la avenida, ya más tranquila, se volvió hacia él.

—¿Y tú a quién votas, papá? Cuando votan los mayores.

—A una lista.

—¿Una lista de quién?

—De un partido. No votas a una persona: votas la lista entera, en el orden que ellos ponen.

—¿Y quién pone el orden?

Él abrió la boca y la volvió a cerrar. Llevaba votando toda la vida, y no lo sabía.

—¿Y si luego no hacen lo que dijeron? —siguió ella—. ¿Les puedes quitar?

—Esta noche lo miro.


Esa noche abrió la Constitución por donde hablaba de los que se sientan en el Congreso y en el Senado, y encontró una frase corta: «Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo». Tuvo que buscar qué era un mandato imperativo. Era lo que él había dado siempre por hecho: que el que sale elegido tiene que hacer lo que le mandan los que le votaron. La Constitución decía lo contrario. Y durante el mandato, nadie los puede apartar, salvo en unos pocos casos que fija el reglamento de la propia cámara.

Luego buscó lo de la lista. La ley de los partidos solo les pide que su organización y su funcionamiento sean «democráticos». Ni esa ley ni la de las elecciones dicen cómo elige cada partido a los que pone en la lista: eso lo deja a sus propias normas. Así que sí, él elegía. Elegía una lista, y la lista la hacían otros.

Nadie escribe una frase así en una Constitución sin un porqué, y fue a buscarlo. Lo tenía. Si el que sale elegido estuviera atado a lo que le mandan unos pocos, representaría solo a esos pocos; así puede representar a todos, también a los que no le votaron, y no le pueden presionar los de siempre. Y las cuentas se piden en cada elección: el que no cumple, no vuelve a salir. Era verdad, y lo apuntó al lado.

Y encontró lo que no encajaba con esa defensa: entre una elección y otra, el que vota no tiene ningún medio para pedirle cuentas a nadie.

En el Evangelio, Jesús les dice a los suyos: «Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos […] Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor».

Ya iba a cerrar la libreta cuando se acordó de algo que oía mucho en la radio del taller: el Gobierno aprueba por decreto esto o aquello. Lo buscó también. La Constitución deja al Gobierno dictar esas normas, pero «En caso de extraordinaria y urgente necesidad». Es la excepción: las leyes las hacen las Cortes. Y encontró que el Tribunal Constitucional había anulado ya varios de esos decretos porque no justificaban la urgencia.

Y el decreto también tenía quien lo defendiera, con razones. Gobernar a veces no puede esperar, y hay urgencias de verdad, como una pandemia. El decreto tiene control: el Congreso tiene que votarlo enseguida, y lo puede tumbar, y el Constitucional anula lo que no se justifica. Lo que se discute no es que exista, sino cuántas veces se usa. En los Proverbios, una línea: «todo presuroso, indefectiblemente á pobreza».

En «Comprobado» escribió: «El diputado no está atado a lo que le pide el que le vota: lo dice la Constitución. Se vota una lista cerrada, y cada partido la hace a su manera. El decreto es para lo urgente, y a veces se ha usado sin urgencia: lo ha dicho el Constitucional. Tiene su razón: así representan a todos, y las cuentas se piden en cada elección».

Y en «Lo que yo creo»: «Que el que manda tendría que ser un servidor. Y que entre elección y elección, el que vota se queda sin voz».


El lunes, Sofía llegó del colegio con noticias.

—El de las gafas dice que no puede pedir más recreo. Que ahora es delegado de toda la clase, también de los que no le votaron, y que a muchos no les gusta el recreo largo porque se aburren. Y que la señorita dice que tiene razón.

El padre se rio por dentro.

—Pues tiene su parte de razón. Es lo mismo que dice la Constitución de los diputados: que representan a todos, no solo a los que los votaron.

—¡Pero lo prometió! Le votaron por eso.

—Eso también es verdad.

—¿Y no le pueden quitar?

—Hasta la próxima elección, no.

Sofía se cruzó de brazos.

—Entonces, ¿para qué le votamos?

—Para elegir. Lo que no tenéis es manera de pedirle cuentas hasta la próxima vez. Esa es la parte que yo no veo clara.

—¿Y tú, con tu lista?

—Lo mismo, pero en grande.

Sofía se quedó pensando. Luego se descruzó de brazos, porque se le había ocurrido otra cosa.

—Papá, en el cole hay una puerta de emergencia. Solo se puede abrir si hay un fuego. ¿Eso es como lo del decreto que dice la radio?

Él dejó de secar el vaso que tenía en la mano. No le había contado nada del decreto. La niña había oído la radio del taller tanto como él.

—Igualito. Está para cuando hay fuego. Si se usa para salir antes al recreo, ya no es una puerta de emergencia.

—¿Y la usan para salir antes?

—Alguna vez, sí. Lo ha dicho el tribunal.

Sofía asintió despacio, como cuando una cuenta le cuadraba.

—Pues antes de que hubiera Estados, ¿quién mandaba? ¿También votaban a listas?

—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.