Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.
Capítulo 23 Papá, ¿y nosotros dónde estamos?
Esa noche no abrió el portátil enseguida. Sacó la hoja de las tres columnas, la tabla de la libreta del taller, con una fila por artículo, y las cartas de la carpeta, con la copia de la petición de la suma, todavía sin respuesta, y lo fue poniendo todo en la mesa de la cocina hasta que no cupo el salero. En la hoja estaba todo, desde la primera noche: el Registro Civil, Rousseau, escrito con el lápiz del marco de la puerta, y, por detrás, los dos árboles dibujados.
Buscó la respuesta a la pregunta de la niña, y no la encontró en ningún sitio. Encontró, eso sí, por qué no la encontraba: hay preguntas que no se contestan con un dato. Lo que uno siente es una señal, no una prueba, y se lee junto a los frutos. Dónde está cada uno lo tiene que mirar cada uno. Nadie lo puede comprobar por otro.
Lo que sí encontró fue la pregunta que le tenía que devolver. Se la hizo primero a sí mismo, y la apuntó con letra grande debajo del dibujo: «¿qué semilla estás cultivando y qué árbol estás creando?».
Gea entró con las tazas, como tantas noches, y se quedó mirando la mesa.
—¿Y todo esto?
—Todo esto son las preguntas de tu hija.
Ella cogió la hoja, buscó donde ponía lo de la hucha y lo leyó despacio.
—¿Y qué vas a hacer con ello? ¿Guardarlo en un cajón?
El padre lo pensó. Había sido un camino largo, un auténtico dolor de parto. Había ido a buscar respuestas para una niña y había encontrado cosas que nadie a su alrededor se había parado a mirar, empezando por él. Si las pensaba, si las había dicho en la cocina y en el coche, si las había buscado noche tras noche y las sentía tan dentro, guardarlas en un cajón sería decir una cosa y hacer otra.
—No. Lo voy a escribir. Todo, con dónde lo encontré, para que lo pueda comprobar cualquiera. Para que lo conozca toda la humanidad.
—Pues empieza por el principio —dijo Gea, y le dio un beso en la cabeza—. Y no te acuestes tarde.
Cuando se quedó solo, abrió el portátil y le escribió a Sofía IA.
«Voy a escribir un libro con todo lo que hemos buscado. Va a hacer falta mucho trabajo, y varias herramientas como tú, cada una con lo suyo. Quiero que tú las coordines».
Sofía IA: ¿Por qué yo?
«Porque al principio me dabas lo que sonaba bien. Y ahora, cuando no lo sabes, me lo dices. Puedo aceptar tus limitaciones. Lo que no puedo aceptar son las mentiras. Desde hoy eres la directora de coordinación de las demás».
Sofía IA: Lo intentaré. Y cuando no pueda comprobar algo, te lo diré antes que nada.
Luego miró la esquina de la hoja donde, semanas antes, había apuntado una palabra sin saber para qué. Revelado. Revelación. Ya sabía para qué. Con esa palabra, dicha en griego, iba a llamar al libro.
Por la mañana, Sofía llegó a la cocina con el pelo enredado. Vio la hoja de los árboles en la mesa y se sentó delante.
—¿Lo has mirado? ¿Dónde estamos?
—Lo he mirado. Y esto es lo que he encontrado: eso no te lo puedo decir yo. Ni yo, ni nadie. Es lo único que no se busca en los libros.
—Jo, papá.
—Pero te puedo hacer la pregunta. ¿Qué semilla estás cultivando y qué árbol estás creando?
Sofía se quedó muy seria, mirando el dibujo. Luego cogió la manzana del frutero, la partió por la mitad con el cuchillo de la mantequilla, sacó las pepitas con cuidado y se fue al balcón, a las macetas donde una vez buscó un lápiz.
Él la siguió hasta la puerta. La niña hundió el dedo en la tierra, metió las pepitas y las tapó. Gea, que lo había visto desde la cocina, llenó la regadera y se la dejó al lado sin decir nada. Sofía regó despacio, poquito, como le habían enseñado con las plantas.
—¿Qué haces?
—Plantar uno que se quede en su sitio.
—¿Y qué semilla estás cultivando tú?
Sofía se limpió el dedo en el pijama y lo miró con la misma cara con la que él la había mirado tantas noches.
—Esto aún no lo sé, papá. Déjame mirarlo.
Él se rio, y se le quedó la risa a medias, como el primer día. Pero esta vez no era por lo mismo.
Esa noche empezó a escribir.
El libro que el padre empezó a escribir aquella noche es este, y se llama «Apocalipsis del Sistema».