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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 12 Siempre igual

La paella del domingo la hacía su hermano, y mientras la hacía no dejaba que nadie se acercara a la paellera. Ni a mirar. Estaba en la terraza, con el delantal de siempre y la cuchara de palo en la mano, removiendo el sofrito como si le fuera la vida en ello.

—¿Has traído los papeles?

—La hoja.

—Pues ya te digo yo lo que pone sin leerla. —Echó el pimentón y se apartó del humo—. Los Estados se han hecho siempre igual. Llega uno con más fuerza que los demás, se queda con todo y luego busca a alguien que escriba por qué tenía derecho. Siempre igual. Y siempre mandan unos pocos.

—Lo de los pocos no lo he mirado.

—Pues míralo.

Dentro, Gea y la mujer de su hermano ponían la mesa, y Sofía doblaba las servilletas en triángulo, como le había enseñado su tía. Desde la terraza se oía la radio de la cocina, bajita, con los deportes.

Él se quedó junto a la barandilla, mirando cómo su hermano echaba el arroz en cruz, sin medirlo, como se lo habían visto echar a su madre toda la vida. Su hermano no medía nada. Lo sabía a ojo, y casi siempre acertaba. Por eso era tan difícil discutir con él: cuando acertaba, no había manera de que reconociera que había sido a ojo, y cuando no acertaba, tampoco.


La paella estaba buena, y su hermano esperó a que todos lo dijeran antes de sacar el tema. Lo sacó con el café, cuando Sofía se había ido al sofá con los lápices de colores.

—Venga. Lo del contrato. Que dice Gea que no duermes.

Gea levantó las manos, como diciendo que ella no había dicho tanto.

—Duermo poco —dijo él—. Que no es lo mismo.

—Lo que tú digas. ¿Qué contrato?

Sacó la hoja del bolsillo de la chaqueta y la desdobló encima del mantel, al lado de las tazas. No le hacía falta leerla. Lo tenía mirado desde hacía días.

—Un contrato es cuando las partes se ponen de acuerdo y dicen que sí. Sin ese sí no hay contrato: lo dice el Código Civil. Y el contrato que dicen que hicimos todos, el social, no lo firmó nadie. No está en ningún archivo. No tiene fecha ni firmas.

—¿Lo ves? Mentira. Te lo cuelan.

—No. Eso es lo que me sorprendió. No lo esconde nadie. Los que lo pensaron dijeron que era una idea, no un papel. Uno, alemán, lo escribió con todas las letras: que no hay que suponerlo como un hecho, que es «una mera idea de la razón, que tiene, sin embargo, su indudable realidad (práctica)».

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que sirve aunque no haya pasado. Que el que hace las leyes tiene que hacerlas como si todo un pueblo junto hubiera podido estar de acuerdo con ellas.

La mujer de su hermano dejó la taza en el plato.

—Pues eso está muy bien.

—Está muy bien —dijo él—. Es lo mejor que he encontrado a favor.

—Si se cumple —dijo su hermano.

—Si se cumple. Pero esa es otra pregunta. Lo que te digo es que una idea que dice que es una idea no es una mentira. Mentira es decir algo falso sabiendo que es falso. Lo raro no es la idea. Lo raro es que a ti y a mí nos la cuenten como si la hubiéramos firmado.

—Pues idea —dijo su hermano—. Y luego te salen en la tele todos con la voluntad del pueblo.

La mujer de su hermano se encogió de hombros.

—Yo lo que sé es que alguien tiene que mandar. Si no, cada uno haría lo que le diera la gana, y a ver qué pasaba.

—Eso mismo escribió un inglés hace siglos —dijo él—. Que sin un poder que los tenga a raya, los hombres viven en «una guerra de cada hombre contra cada hombre», y la vida es «solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta».

—Como la de un mecánico en agosto —dijo su hermano.

Gea se rio. Él también, un poco.

—Por eso, decía, todos pactan entre ellos darle el poder a uno que no entra en el pacto. Y como ese no ha firmado nada, no lo puede romper. Lo escribió así: que «no puede haber incumplimiento del pacto por parte del soberano».

Su hermano dio una palmada en la mesa, contento, y saltaron las cucharillas en los platos.

—¡Ahí está! El que manda no firma. Siempre igual.

—Y a lo que salía de ese pacto le puso nombre de monstruo. El Leviatán, el del libro de Job. Lo llamó «ese Dios mortal».

—¿Dios mortal? Hay que tener cara.

—Hay que tener miedo. De eso iba su libro: del miedo.

—Pues tenía razón. La gente obedece por miedo.

Él no contestó a eso. No lo había mirado, y no iba a contestar a ojo delante de su hermano, que ya contestaba a ojo por toda la familia.

—Hubo otro inglés, después —siguió—, que pensaba lo contrario. Que antes de que hubiera Estado la gente ya tenía sus derechos, la vida, la libertad y lo suyo, y que lo que faltaba era un juez. Que el pacto era para protegerlos, no para crearlos. Y que si el que gobierna los pisa, la gente puede resistirse.

—Ese me gusta más.

—Ese también tenía su truco. Al que no había firmado nada le decía que, si vivía en el país y disfrutaba de algo, ya había dado su consentimiento sin decirlo. Aunque lo que tuviera fuera «un alojamiento por una semana».

—Hombre, eso es verdad —dijo su hermano, y señaló el suelo del comedor con la cucharilla—. Tú vives aquí. Usas las carreteras, llevas a la niña al colegio. Si no te gusta, te vas.

—Eso le contestó un escocés. Que es como decir que un hombre está de acuerdo con el capitán de un barco porque no se ha tirado al agua. Aunque lo subieran dormido, y tirarse sea ahogarse.

La mujer de su hermano soltó una carcajada. Su hermano no.

—Ese escocés me cae bien —dijo, al cabo de un rato.

—Pues te va a caer mejor.

Lo había decidido en el ascensor: si iba a discutir con su hermano, le iba a enseñar también lo que le daba la razón. Buscó en la hoja la línea que había copiado una noche y comprobado con el original y el diccionario, como la del barco, y que había subrayado sin saber todavía para qué. La leyó despacio:

—«Casi todos los gobiernos que existen hoy, o de los que queda memoria en la historia, se fundaron en su origen en la usurpación o en la conquista, o en ambas, sin ninguna pretensión de un consentimiento justo o de una sujeción voluntaria del pueblo».

Su hermano se echó hacia atrás en la silla, con los brazos cruzados, y lo miró como lo miraba cuando le ganaba a las cartas.

—Tu escocés. No yo.

—Mi escocés. Te lo concedo. Está escrito, y lo he leído.

—Pues entonces ya está. ¿Para qué sigues buscando?

Él dobló la hoja y se la guardó en el bolsillo.

—Porque eso dice cómo empezaron. Casi todos, y al principio. Que un Estado empiece así no lo hace malo: todo lo nuevo empieza así, también lo bueno. Lo que yo creo es que hay que mirar lo que hacen después. Y lo de que siempre mandan unos pocos, eso aún no lo sé.

—Ya lo sabrás.

Gea los había estado mirando del uno al otro, como en un partido de tenis, y no dijo nada.


Volvieron con la luz baja de la tarde. Sofía se durmió en el asiento de atrás antes de salir del barrio, abrazada a la fiambrera de paella que le había dado su tía, y conducía Gea, porque él se había tomado un vino con su hermano.

—No estabais hablando de lo mismo —dijo Gea en el primer semáforo.

—¿Cómo que no?

—Tú decías el Estado y él decía los políticos. Él decía mentira y tú decías mentira, y no era la misma. Y cuando tú dijiste soberano, él entendió el que manda, y tú estabas pensando en el pueblo.

Él miró la carretera. Era verdad. Se había pasado la comida contestando a cosas que su hermano no había dicho, y su hermano igual.

—Y el sistema —siguió Gea—. Tu hermano ha dicho el sistema toda la tarde. ¿Tú sabes lo que es el sistema?

—No.

—Él tampoco.

Esa noche, con la niña ya acostada, sacó la libreta del taller y la abrió por detrás, por donde apuntaba las averías raras. Pasó la página de la maniobra camuflada y empezó una nueva. Arriba escribió: «Las palabras». Y debajo, la regla, la misma del almacén: cada pieza tiene un nombre, y el nombre es siempre el mismo. Si en la hoja de pedido pones junta y en el almacén entienden retén, te mandan lo que no es. Y si una palabra no se entiende a la primera, se usa otra más llana.

El Estado, lo primero. Ni los políticos, como decía su hermano, ni todos, como decía la radio: la organización, con sus Cortes, su Gobierno, sus Administraciones y sus tribunales, y con sus normas. Eso era lo que él llevaba semanas mirando.

La persona: uno, con lo que trae al nacer, antes de que el Estado diga nada. El ciudadano: uno, cuando trata con el Estado; paga, pide, y le contestan o se callan. Eso ya lo había sido, con su sello morado.

El soberano, solo para la política. Y el Leviatán, solo cuando hablara de aquel inglés.

Luego copió de la hoja de las columnas la escalera que tenía en el margen desde la noche en que la radio dijo presunto. Verdad, lo probado. Presunción, lo que se da por cierto sin probarlo. Falso, lo que se demuestra que no es así. Mentira, lo falso dicho a sabiendas. Su hermano y él habían usado la última para todo, y por eso no se habían entendido.

El contrato: las partes, y su sí. El contrato social: una idea, y lo dijeron los que la pensaron. La ficción, la de la noche de la casa: lo que la ley trata como si fuera real, sabiendo que no lo es; si lo dice, no engaña a nadie. La vara: primero, si los hechos son ciertos; después, lo que hacen. Y la misma vara: la que le ponen a uno, puesta también al que la pone.

Escribió «El sistema» y se quedó con el lápiz en el aire. El Estado tal como funciona hoy, eso sí. Con su deuda, que sabía que era mucha y que todavía no había mirado. Y con su dinero. Pero de dónde salía el dinero no lo sabía. Lo dejó a medias, con una raya.

Y la última, la que su hermano había dicho con retintín: la voluntad del pueblo. Esa la tenía a medias desde las noches del diccionario de Gea. El francés no llamaba así a una votación cualquiera, sino a lo que queda cuando los intereses de cada uno se anulan entre sí, lo que mira solo al interés común. Era una condición muy exigente. Y en el mismo libro había una frase que el francés escribió como garantía: que al que se niegue a obedecer esa voluntad «se le forzará a ser libre».

Buscó qué se había hecho después con aquella frase, y encontró un caso con sus papeles. En Francia, en 1793, los que gobernaban en nombre del pueblo apartaron una Constitución de derechos; la que pusieron en su lugar no llegó a estar nunca en vigor, y propusieron un gobierno revolucionario «hasta la paz». Habían tomado de la idea la parte que les daba la razón y habían dejado la que los frenaba.

Eso lo apuntó en «Lo que yo creo», no en «Comprobado»: que era la maniobra camuflada con otro traje, el nombre diciendo voluntad del pueblo y el hecho diciendo otra cosa. Y debajo, porque era verdad y si no lo ponía él no lo iba a poner nadie: que eso no quería decir que todo el que habla de la voluntad del pueblo engañe. Hay quien la usa con los frenos que el francés pedía. Y un estudio de hace poco decía que el que más lo invocó en aquellos años no le daba a la expresión exactamente el mismo sentido que él.

Las palabras cambiaban de dueño, pensó. Por eso había que clavarlas.

Antes de cerrar la libreta pasó a la hoja de las columnas y escribió en «Aún no lo sé» lo de su hermano: si mandan siempre unos pocos. Su hermano lo sabía a ojo. Él tendría que mirarlo.