Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 38 Como dioses
La Biblia seguía en la mesa de la cocina, donde la había dejado el domingo, al lado del portátil. Esa noche la abrió por la primera página. Se sabía la historia, como todo el mundo. Por eso quería leerla: para ver si lo que se sabía era lo que ponía.
No tuvo que ir lejos. A la segunda página ya estaba el huerto, y en medio no había un árbol, sino dos: «también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de ciencia del bien y del mal». Los dos en el mismo sitio. Eso no lo recordaba.
Luego, la orden. Era una sola, y empezaba por lo que se podía: «De todo árbol del huerto comerás». Y después, la excepción: «Mas del árbol de ciencia del bien y del mal no comerás de él; porque el día que de él comieres, morirás». Todo el huerto abierto y un árbol cerrado, con su razón pegada, como el letrero del cuadro eléctrico del taller, que no se queda en prohibir, sino que dice lo que pasa si lo tocas.
Y luego llegó la serpiente. El padre leyó despacio lo que decía, como lee un diagnóstico que no le cuadra. Empezó por la orden, y la puso del revés: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?». Donde había un todo abierto con una excepción, ella ponía un todo cerrado.
La mujer le contestó bien, pero añadió algo. Dijo que de aquel árbol no comerían, «ni le tocaréis». Lo de tocar no estaba en la orden. La orden ya salía torcida por un lado y por el otro: una boca le quitaba y la otra le ponía. Eso él lo conocía de los recados del taller: el cliente dice una cosa, el que coge el teléfono apunta otra y al coche le llega una tercera.
Después vino lo del aviso, y la serpiente lo borró sin poner un solo dato encima de la mesa: «No moriréis». Y luego dijo por qué lo había prohibido Dios, como si lo supiera: «Mas sabe Dios que el día que comiereis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses sabiendo el bien y el mal».
Se echó atrás en la silla. Lo conocía. Lo llevaba viendo semanas. Dar la vuelta a lo que se dijo. Prometer sin dar un dato. Decir lo que piensa el otro sin preguntárselo.
Y vio cómo se decidió. La mujer miró el árbol y vio que era «bueno para comer, y que era agradable á los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría». Por lo que se veía y por lo que se deseaba. Y nadie levantó la cabeza para preguntarle al que había dado la orden. Eso también lo conocía del taller: el que desmonta por lo que ve, sin mirar el manual.
No hubo que esperar a la cosecha. Lo primero que asomó fue el miedo, y en boca del hombre, que se había escondido: «tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme». Lo segundo, lo que él veía cada semana en el taller cuando algo aparece roto y nadie lo ha roto: el hombre le echó la culpa a la mujer, y la mujer, a la serpiente. Y lo último, la puerta: fuera del huerto, y en el camino del otro árbol, «querubines, y una espada encendida que se revolvía á todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida».
Después buscó lo que todo el mundo sabía. Lo buscó como busca una pieza en el despiece del manual: primero donde debería estar y luego hoja por hoja.
La primera que buscó fue la manzana, porque era la que todo el mundo tenía en la cabeza. No estaba. Ponía «del fruto del árbol que está en medio del huerto». Releyó los capítulos enteros, por si se le había pasado. Ni una manzana.
Tampoco ponía «diablo», ni «Satanás». La serpiente era una serpiente que hablaba. Le preguntó a Sofía IA desde cuándo se decía que era el diablo, y ella le mandó al último libro. Lo buscó en el papel, casi en las últimas páginas: «la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña á todo el mundo». El nombre había llegado después.
Sofía IA: La palabra hebrea de la que viene «satán» quiere decir adversario. La he contado en el texto hebreo del Génesis, en sus cincuenta capítulos, y no sale ninguna vez. No lo he leído como se lee un libro: lo he contado con un programa.
Él no sabía hebreo, y lo apuntó como lo que era: un recuento, no una lectura suya. Lo otro sí lo pudo mirar. En su Biblia, la palabra salía traducida, y en los libros de los reyes se la ponían a hombres de carne y hueso: «Jehová suscitó un adversario á Salomón, á Adad, Idumeo», y poco más abajo, «Despertóle también Dios por adversario á Rezón». Adversarios con nombre y con tierra, no espíritus.
Y lo último, lo que más le costó creerse. Toda la vida había oído que el hombre era inmortal y que lo perdió por comer. El texto no decía eso. Vivir para siempre no venía de serie, como viene la garantía con un coche nuevo. Venía del otro árbol, y había que comer de él: «porque no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre». Y lo anunciado, desde la primera orden, era «morirás».
En «Comprobado» escribió: «Los dos árboles estaban en el mismo sitio. La orden era una sola. La serpiente le dio la vuelta y prometió sin un dato. No dice manzana». Y debajo, más pequeño: «Ni diablo. Eso vino después».
Pasada la una, Gea apareció en la puerta de la cocina con el vaso de agua. Se puso detrás de él y leyó por encima de su hombro, como leía las cartas del banco, con los ojos entornados. Él tenía el dedo un poco más abajo, en lo que se le dice a la mujer al salir.
—Mira lo que pone aquí: «á tu marido será tu deseo, y él se enseñoreará de ti». ¿Esto también lo apuntas?
—También. Pero mira dónde está. —Pasó las hojas hacia atrás—. Cuando los hace, al principio, no pone nada de mandar. Esto sale después de comer, con el miedo y con la culpa. Es lo que vino detrás, no como tenía que ser.
—Eso es lo que lees tú.
—Eso es el orden de las páginas. Lo que leo yo es otra cosa, y va en la otra columna.
Gea dejó el vaso en la mesa y se sentó en la otra silla, con los pies encima del travesaño, como cuando se quedaba a ver el final de una película.
—Pues léelo.
Le pidió a Sofía IA lo que dijeran del hombre y de la mujer los libros de los otros pueblos, y le llegaron setenta y ocho pasajes de diecinueve tradiciones. Gea leyó los primeros con él. Luego bostezó.
—Te compro lo del orden de las páginas —dijo, ya de pie—. Lo otro, ya veremos. Y que conste que a mí cómo suena me sigue sin gustar.
—Que conste.
Se le hicieron las tres. Los leyó todos, y decían las dos cosas: un origen común y, después, en lo que se dejó escrito, la mujer por debajo. En «Lo que yo creo» puso: «Lo segundo no es palabra de Dios. Es palabra escrita, y arrastraba la costumbre de su tiempo».
Volvió a la frase de la serpiente que más le había parado: «seréis como dioses sabiendo el bien y el mal». Lo que él leía ahí no era la promesa de saber más cosas. Era la de decidir. Decidir uno mismo qué es bien y qué es mal, sin preguntar a nadie.
El viernes había apuntado en la libreta una prueba de una sola pregunta, para cualquiera que mande: si es suyo lo que ofrece. La serpiente ofrecía ser como Dios, y eso no era suyo. Era la autoridad que recibe, tomando por suya la del que da. Y era la estantería del almacén, la de la otra página, dada la vuelta en pequeño: el que tenía que recibir la orden pasaba a darla.
Miró las cuatro cosas en fila, como había apuntado las presunciones semanas atrás: una orden mal citada, una consecuencia negada sin un dato, un motivo atribuido y una decisión por lo que se ve. Se parecía mucho a una presunción.
Le preguntó a Sofía IA si otro libro contaba lo mismo. Le trajo dos versículos del Corán, en una traducción al castellano que le nombró, y él los leyó dos veces. Al primer hombre alguien le preguntaba: «¿Te indico el árbol de la inmortalidad y de un dominio imperecedero?». Y le decía que el árbol se había prohibido «por temor de que os convirtáis en ángeles u os hagáis inmortales». Quien hablaba era «el Demonio». La misma jugada en la misma boca: negar lo que iba a pasar y prometer, sin un dato, no morir. Y el relato mismo lo desmentía, porque a la promesa de no morir le seguía la salida del huerto.
Sofía IA: Ojo con contarlo como si fueran dos pueblos que llegaron a lo mismo sin saberlo. Estos dos libros se conocían. Es un dato de dos textos, no una convergencia.
Lo apuntó tal cual. Era de las cosas que le gustaban de ella.
Luego se quedó mucho rato mirando la hoja. Y escribió en «Lo que yo creo» algo que no estaba en ningún libro, porque era suyo: «El árbol de la vida se quedó donde estaba, guardado. El que se fue alejando fue el otro, el del conocimiento. Fruto tras fruto. Cada vez que alguien decidió por lo que veía, sin preguntar, se alejó un poco más».
Antes de apagar la luz, pasó la mano por las tapas gastadas, como se pasa por el capó de un coche que se ha portado bien.