Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 39 Legión
El martes por la noche volvió a la Biblia, pero no al principio. Quería ver de cerca la página del final, la del nombre que el Génesis no le daba a la serpiente. Allí había una guerra: «Y fué hecha una grande batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lidiaban contra el dragón». Y el dragón era «la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña á todo el mundo».
Una guerra entre el bien y el mal. Le preguntó a Sofía IA si los otros libros antiguos la contaban, y casi todos la contaban. En Persia había dos espíritus primeros, «el Mejor y el Malo, en pensamiento, palabra y obra; y entre los dos, los sabios eligieron bien, los necios no». En el Corán, el Demonio engañaba a la primera pareja, «Les hizo, pues, caer dolosamente», y venía el aviso: «El Demonio es para vosotros un enemigo. Tenedle, pues, por tal». En la India, un libro distinguía dos condiciones en los seres: «la divina es para la liberación; la demoníaca, para la atadura».
Lo que le llamó la atención no fue la guerra, sino quién la libraba. En casi todos, el que tenía que elegir era el hombre. De nueve tradiciones, solo dos ponían dos poderes iguales, uno bueno y otro malo, peleando desde siempre. Las otras siete hablaban del mal como de algo que falta, de una elección, de un desequilibrio o de un estado de la mente. Y al hombre, en medio, eligiendo.
Buscó también la pata coja, como había aprendido a hacer con todo. La había. En Mesopotamia, los dioses le daban a uno de ellos «la realeza sobre todo y sobre todos» para que venciera a otro. En la India, un dios «mató al dragón y abrió paso a las aguas». Eran guerras de dioses por el mando del mundo, no un hombre eligiendo entre el bien y el mal. No toda guerra antigua era moral.
Y había pueblos sin dos bandos. En Egipto, de un rey se decía que «había puesto la verdad en lugar del error», y el muerto, ante sus jueces, decía: «te he traído la verdad, he alejado de ti la maldad». En el norte de Europa, al final caían hasta los dioses, la tierra se hundía en el mar y volvía a salir, verde. Allí no ganaba el bien: el mundo caía y volvía a empezar.
Lo que más le hizo pensar estaba en otras páginas. Varios libros veían algo detrás de los reinos. En la visión de un profeta, el que le hablaba contaba que «el príncipe del reino de Persia se puso contra mí veintiún días», y que luego vendría el de Grecia: un príncipe por cada reino, y ninguno de carne. El Evangelio llamaba al diablo «el príncipe de este mundo». Una carta decía que «el dios de este siglo cegó los entendimientos de los incrédulos». Y en la India, el de condición demoníaca se ensalzaba solo: «yo soy señor, yo el que disfruta; soy perfecto, fuerte y feliz», y «¿quién hay igual a mí?».
Antes de cerrar quiso mirar una cosa que le rondaba desde el lunes: la promesa de no morir. Le pidió a Sofía IA lo que dijeran los libros antiguos de una vida sin fin.
Sofía IA: He reunido treinta y un pasajes de nueve tradiciones. Catorce la prometen con esas palabras, quince dicen algo cercano, como larga vida o resurrección, y dos no la dicen. Los de la Biblia te los marco, para que los mires en la tuya.
Los miró en el papel. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». «Porque la paga del pecado es muerte: mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro». Y en los demás, lo mismo: cada promesa traía su condición. Creer, obrar bien, soltar los deseos, estar atento, el orden justo. Coincidía la promesa con su condición; la palabra, no. La única promesa sin condición de todo el huerto era la de la serpiente: «No moriréis».
En «Lo que yo creo» escribió: «Vivimos en una guerra y en un engaño que no paran, para que unos sigan mandando con lo que nos hacen creer, y para que nos sometamos solos». Y al lado, una flecha hacia lo que había leído del francés de 1548: que lo que más enseña a servir es la costumbre. Debajo, más pequeño: «Esto es mío. Un patrón no prueba una intención».
El miércoles a mediodía, en la puerta del colegio, Sofía salió con la mochila a rastras y la cara de los días malos.
—Los de sexto, otra vez. Que la portería es suya porque siempre ha sido suya.
—¿Y vosotros?
—Nosotros, que no. Y la de la trenza casi se pega con uno.
El padre no dijo nada. En el coche, ella se fue enfadando sola, hasta que se le olvidó.
Por la tarde, entre coche y coche, siguió en el ordenador del taller con lo que los libros decían del mal. Casi todos hablaban de uno que no tiene cuerpo propio y que obra a través de otros, y le daban muchos nombres. En hebreo, «satán» era el que se pone en contra: el ángel de Jehová «se puso en el camino por adversario suyo». Al espíritu que hablaba por boca de un hombre le preguntaban el nombre, y contestaba: «Legión me llamo; porque somos muchos». A la riqueza puesta como un señor se le llamaba Mammón: «no podéis servir á Dios y á Mammón». En los libros del budismo, al tentador se le decía: «los deseos son tu primer ejército». Sus ejércitos estaban dentro del hombre. Y el Corán se cerraba pidiendo refugio «del mal de la insinuación, del que se escabulle, que insinúa en el ánimo de los hombres, sea genio, sea hombre».
Sea hombre. El que susurra podía ser también un hombre.
Y vio una cosa que no le gustó verla. En la hoja de la máscara, la que guardaba debajo de la de las siete plantas, tenía apuntado el ente sin cuerpo: la persona que crea la ley y que no nace. Un solo nombre para muchos que obran como uno, sin que nadie responda por el suyo. Lo apuntó en «Lo que yo creo», no en la otra columna, porque era un parecido y no una prueba: «Se parece a Legión». Debajo, lo que pedía frente a eso, lo de los juicios de Núremberg: que responda la persona. Y una frase de una carta, para lo que lo disuelve, que no es la fuerza: «todas las cosas cuando son redargüidas, son manifestadas por la luz».
Al final de la tarde, Amparo estaba en la cocina con Gea, con el café. Él dejó la libreta en la mesa para lavarse las manos, y cuando volvió, Amparo la tenía abierta por la página de los nombres, y no levantó la vista cuando él se sentó.
—¿Legión? —Lo miró por encima de las gafas—. ¿Y yo soy de la legión?
—Tú no. Tú firmas con tu nombre.
—Pues por eso. Y ahora me toca hacer de abogada del otro lado, como siempre. —Dejó la libreta en la mesa—. El Estado no es un fantasma. Actúa por cargos con nombre y apellidos, y la ley prevé que respondan. Si la Administración te hace un daño, te lo indemniza. Y si yo firmo una resolución arbitraria sabiendo que es injusta, eso tiene nombre: prevaricación. Me juego el puesto, y algo más.
—Eso lo sé.
—Y lo de la persona jurídica. Sin eso no habría contratos, ni hospitales, ni pensiones. El hospital donde nació tu hija es una persona jurídica. ¿Qué tiene de malo?
—Nada. Eso también lo dice lo que he leído. La persona jurídica también sirve a la vida: el hospital, la cooperativa, la asociación de vecinos. Llevan la misma máscara. El mal no está en la máscara, sino en la máscara sin responsabilidad.
—¿Entonces?
—Entonces, lo otro. Tú respondes, y lo pone la ley. Pero mira lo que pone la misma ley.
Buscó en el teléfono el artículo y se lo leyó: «Las disposiciones relativas a la responsabilidad penal de las personas jurídicas no serán aplicables al Estado, a las Administraciones públicas territoriales e institucionales».
—La institución queda fuera —siguió—. No puede quebrar, eso lo vi con el taller de chapa. Por el daño de un servicio público, el que reclama, reclama a la Administración, no al funcionario. Y hay 17.603 cargos aforados. La responsabilidad se va hacia arriba, a la máscara, o hacia abajo, al que obedecía.
Amparo se quedó un rato callada, dándole vueltas a la taza.
—Los cargos pueden responder. Eso no me lo quites.
—No te lo quito. No digo que no responda nadie. Digo que la institución queda fuera.
—Pues apúntame eso. Que yo respondo.
Lo apuntó debajo de Legión, con su nombre, en la lista de siempre: «Lo que gana Amparo: los cargos responden, y la ley lo prevé». Gea le sirvió otro café a Amparo sin preguntar.
Esa noche, buscando otra cosa, dio con un campamento de verano de 1954, en Oklahoma. Un equipo reunió a veintidós niños de unos once años, elegidos para que no se conocieran, y los repartió en dos grupos. Bastó un torneo con premios solo para el que ganara, «un trofeo, medallas y once navajas de cuatro hojas», para que se odiaran, hasta quemar la bandera del otro grupo. Juntarlos no lo arregló: «esas situaciones de contacto no resultaron eficaces para reducir la fricción». Lo arreglaron unas metas que solo podían alcanzar juntos.
Pensó en la portería. Lo apuntó, para cuando hiciera falta: «Juntarlos no basta. Lo arregla algo que solo se pueda hacer juntos». No era suyo arreglarlo, y no se lo dijo a nadie.