Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 49 La balanza
El sábado por la mañana bajó al mercado con Sofía y con la lista de Gea, que había despegado de la nevera con su imán. En el puesto de Tomás olía a naranjas, como siempre, y había cola.
Tomás pesaba en la báscula de la pantalla, la que saca el precio. Pero en una esquina del mostrador tenía otra, de hierro, con dos platillos de latón y una aguja en medio, que ya no usaba para vender.
—Era de mi padre —le dijo a Sofía, que no le quitaba ojo—. Toma, pon esto aquí.
Le dio una pesa pequeña para un platillo y una manzana para el otro. Bajó el de la manzana. Tomás la cambió por otra más pequeña, y la aguja se quedó derecha, en medio.
—¿Ves? Cuando el fiel está así, ni para ti ni para mí.
Sofía se quedó mirando la aguja sin tocar nada, como si se pudiera caer.
El padre se acordó de la fila de las pesas en la página del Arca, la que casi no tenía pata coja: «Balanzas justas, pesas justas». En ninguno de los libros que había leído defendía nadie la pesa falsa.
Mientras le metía las patatas en la bolsa, Tomás señaló con la barbilla unas cajas de otro puesto, con la etiqueta de un país de lejos.
—Eso viene de fuera. A los de aquí les miran con lupa lo que le echan al árbol, y lo de fuera entra con lo que aquí está prohibido. Y más barato.
El padre no se lo discutió. No lo sabía, y a ojo no se discute lo que no se sabe. Lo apuntó por detrás de la lista de Gea, debajo de las manzanas.
Por la tarde llamó su hermano, sin saludar, como siempre.
—¿Has visto lo del alquiler? Lo han dicho en la tele. —No esperó a que contestara—. Cada vez que el Estado mete mano en algo, lo asfixia. Con la industria, igual. Tú que lo miras todo, mira eso.
—Lo miro.
—Mira, mira. Y luego me dices que en medio.
Colgó antes de que le diera tiempo a contestar.
Esa noche lo miró por partes, como se mira un coche que «hace de todo»: una avería cada vez.
La industria, primero. La reconversión empezó con una norma de 1981, que hablaba de la crisis de los sectores básicos, y siguió con otra de 1983; entre esos sectores estaban el acero y los astilleros. Pero el empleo se perdía desde antes. Un historiador lo había contado así: «entre 1977 y 1982 la industria perdió 600.000 empleos y fueron innumerables las empresas manufactureras que desaparecieron». Hasta 1985, unos ochocientos cincuenta mil, aunque la producción subía.
Luego, las ventas de las empresas públicas. Entre 1996 y 2002, el Tribunal de Cuentas contó cuarenta y ocho operaciones, en cuarenta y cinco empresas. La venta de la gran eléctrica pública se empezó en 1988 y se terminó en 1998. Las hicieron Gobiernos de distinto signo.
El puesto de España en el mundo, por lo que produce: duodécima en 1970, octava en 2007, decimoquinta en 2024 y otra vez duodécima en 2025. Subía y bajaba según el año y según cómo se midiera.
Lo de Tomás. En los controles de toda la Unión, en 2023, cumplían noventa y ocho de cada cien muestras de alimentos; pero lo que venía de fuera incumplía tres veces más que lo de dentro. Una organización ecologista, con los datos oficiales de España, decía que casi uno de cada diez alimentos importados llevaba plaguicidas no autorizados en la Unión, frente a menos de uno de cada veinte de los de aquí. Era parte interesada, y lo apuntó así. Pedir a lo de fuera lo mismo que a lo de aquí tiene nombre, las cláusulas espejo, y seguía en debate. Tomás tenía su parte de razón.
Lo del alquiler. Cataluña fue la primera en declarar zonas de mercado residencial tensionado con la ley de vivienda de 2023: con efectos desde marzo de 2024, y después más municipios, hasta tener dentro a nueve de cada diez catalanes. Los contratos de alquiler con fianza depositada habían sido unos ciento sesenta y ocho mil en 2018 y unos ciento ocho mil en 2025. Caían, sí. Pero caían desde antes de la declaración, y el dato no decía por qué.
Para lo de las casas ocupadas le pidió las cifras a Sofía IA, y se las dio enseguida. Le preguntó de dónde salían.
Sofía IA: De varios blogs. No he encontrado la cifra de ningún organismo oficial.
Las tachó. Una cifra que no sale de quien la mide no entra en «Comprobado».
En «Comprobado» escribió: «Lo de mi hermano se confirma en parte: la industria perdió unos ochocientos cincuenta mil empleos entre 1977 y 1985, y los contratos de alquiler registrados caen en Cataluña. Se complica: el empleo se perdía antes de la reconversión, las ventas las hicieron Gobiernos de distinto signo, y el puesto de España sube y baja. Y un punto no aguanta: las cifras de las casas ocupadas venían de blogs».
Y en «Lo que yo creo»: «Que el mismo que levantó la industria pesada cuando el país vivía cerrado la desmontó después, y lo pagaron comarcas enteras. Esto es mío».
Ya tarde, sacó una hoja nueva. Arriba copió lo que llevaba apuntado desde el viernes de Prudencio: «Para una ley, ¿quién pone el centro? Aún no lo sé».
En el taller lo pone el fabricante, en la ficha de cada coche, antes de que entre nadie por la puerta. Al coche de Prudencio le habían movido el volante para que pareciera recto: el centro puesto donde cuadraba con lo que se medía. Por eso el centro se escribe antes de mirar, y no después.
Para una ley, el centro no lo podía poner él, ni nadie con algo que ganar. Y lo tenía ya escrito sin haberlo llamado así: en la página del Arca, lo que pueblos sin contacto documentado entre sí habían dejado dicho, y que pasaba la vara. Al margen puso el límite: que eso venga de Dios en último término no se puede comprobar; lo que se comprueba es que no tiene autor interesado, que converge y que pasa la vara. Y escribió también qué entendía por bien común antes de medir nada, como en su tabla: lo que le toca a la gente en su vida de cada día, no lo que organiza a los que mandan.
Luego trazó una línea con la regla. A la izquierda, quedarse corto; a la derecha, pasarse; en el centro, una raya. El dial de todo lo demás ya lo tenía, al pie de la página del Arca: «¿sirve, o se sirve?». A la izquierda, no cuida ni cumple: eso lo medía su tabla de los ciento sesenta y nueve. A la derecha, se sirve: lo que llevaba toda la semana sumando. En el centro, lo que decía el Evangelio: «el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor».
Encontró un texto que daba los dos lados a la vez. En Ezequiel, a los pastores que se apacientan a sí mismos, primero les echa en cara lo que no hicieron, «No corroborasteis las flacas, ni curasteis la enferma», y después lo que hicieron de más: «os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia». Y el centro, en boca de Dios: «Yo las apacentaré en juicio».
Cada fila de la página del Arca era un dial. Solo puso un lado donde un texto leído lo decía: en seis filas tenía los dos; en la del tiempo y en la de devolver lo confiado, uno se quedó en blanco, y la de la usura iba aparte. Lo que no estaba escrito no lo rellenó.
Quiso saber si la figura de los dos extremos y el medio era solo del griego, y la encontró en seis sitios. El proverbio de Agur, que pide «No me des pobreza ni riquezas»; el Corán, que alaba a los que gastan sin derroche y sin tacañería; la Gita de la India, que quiere al que es «moderado al comer, al descansar y en el juego»; un sabio chino que tomó los dos extremos y gobernó con el medio; el camino medio del budismo; y otro griego, el de la República, que manda «elegir el término medio y evitar los extremos». Pero no decían lo mismo del medio: para unos era una medida; para otros, tener lo justo, un mandato o un camino; y en Persia había que elegir un lado, sin medio. No estaba comprobado que fueran independientes entre sí. Escribió: «Coinciden, no convergen». Y ninguno decía quién pone el centro. Que lo pongan la ley de Dios y la ley natural lo añadía él, y lo apuntó en «Lo que yo creo».
Encima de la línea dibujó la balanza de Tomás, con sus dos platillos y su fiel. La balanza mide lo que va y viene entre dos; el dial, lo que hace uno solo. Y la balanza con el fiel derecho era el centro del dial: cuando el que manda sirve, lo que da y lo que recibe pesan igual; cuando se sirve, baja un platillo.
Gea entró a por un vaso de agua antes de acostarse y miró la hoja por encima de su hombro.
—¿Y el centro quién lo pone? ¿Tú?
—Lo escribo yo. Lo que escribo no es mío.
—Ya. Pero si lo eliges tú, te sale lo que tú quieras.
Era la objeción buena, y la pensó antes de contestar.
—Por eso lo escribo antes de mirar, y a la vista. Al que no le guste mi vara, que la deje: cada cosa va con su papel, y sirve con cualquier vara. —Buscó la Constitución en el teléfono—. Y esta tampoco es neutral. En su primer artículo dice lo que pone por encima de todo: «la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político».
Gea bebió y dejó el vaso en el fregadero.
—Pues mídela con lo suyo.
Le quitó el lápiz de la mano, lo dejó encima de la hoja y se fue a la cama.
Lo hizo así, en pequeño. Esas cuatro palabras, cada una con su defecto, su centro y su exceso, y el límite escrito antes de mirar el dato. Número, solo si se cumplían cuatro condiciones: que los lados fueran dos vicios, y no el bien y el mal; que el centro estuviera escrito antes; que se midieran frutos, y nunca intenciones ni personas; y cada cosa por separado, no un porcentaje para todo. Lo dejó sin número. Era el diseño, no la medida.
Sin número, pero no sin probar. Un plano que no se ha montado nunca no es más que un dibujo, y él no arreglaba coches con dibujos. Lo probó como prueba un coche en la hoja de revisión: con flechas. Un dial por palabra, el centro ya escrito, a la izquierda el vicio de no cuidar y a la derecha el de servirse. Y una flecha solo donde tenía el papel en la libreta.
La libertad se le iba por los dos lados. Por exceso, cuando el Estado sanciona: la inocencia la reconoce la ley, pero la palabra de la autoridad hace prueba, y donde la práctica le da la vuelta a la carga, hay que reclamarla caso por caso. Por defecto, en el silencio que le dice que no al que pregunta. Y esa misma noche encontró lo único que le salió cerca: cuando uno pide algo para sí y no le contestan a tiempo, la regla general es que el silencio le da la razón. Lo leyó otra vez, por si lo había entendido al revés.
La justicia, por defecto: el órgano que gobierna a los jueces, cinco años y medio con el mandato caducado. La igualdad, por exceso en los aforados y por defecto en los niños, uno de cada tres en riesgo de pobreza o de exclusión. El pluralismo, por exceso: el Consejo de Estado había escrito que el reparto beneficia a los partidos grandes y perjudica a los pequeños, y la otra cara también la tenía apuntada, que los tribunales lo habían avalado. Donde no tenía el dato, no puso flecha, ni fue a buscarlo para rellenar.
Cuando acabó, miró hacia dónde apuntaban. No iban a un solo lado. Por defecto, en lo que le toca a la gente en su vida de cada día; por exceso, en lo que toca al propio poder. Los dos vicios a la vez, uno a cada lado de servir.
Debajo, la ficha que llevaría cada cosa que midiera, como la orden de trabajo de un coche: dónde cae; cuánta verdad comprobada lleva detrás, y cuánto es todavía presunción; y hacia dónde va. Y lo que la hoja no mide: la intención de nadie, ni a ninguna persona. No quitaba nada de su tabla, cumple o no cumple. Y no decía que el Estado no valiera.
Antes de apagar se acordó de su hermano en la barbacoa: «En medio. Eso es lo que dicen todos cuando no se atreven». Le contestó en la libreta, con lo del griego: «errar es posible de muchas maneras […]; acertar, de una sola». Si hay muchas maneras de fallar y una sola de acertar, el medio no es el sitio cómodo.
En la balanza de la hoja, en el platillo de lo que se da, dejó un hueco: lo que se lleva de verdad el Estado de una nómina. Eso aún no lo sabía.
La nómina seguía en el bolso de Gea, en la percha de la entrada.