Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 50 Sin tapa
El domingo llovió desde por la mañana. Sofía estuvo un rato largo con la nariz pegada al cristal del balcón, como si mirando se fuera a parar. Después de comer, Gea bajó del altillo del armario una caja vieja, atada con una goma.
—Un puzle —dijo, y lo volcó en la mesa de la cocina—. La tapa se perdió hace años. No sé lo que sale.
Él la miró. El jueves por la noche había escrito en «Lo que yo creo» lo del montón de piezas sin la tapa, y la libreta se había quedado en la mesa de la cocina. Gea no le devolvió la mirada: apartó el salero y se puso a buscar los bordes.
—Primero los bordes —dijo—. Siempre.
Sofía se puso de rodillas en la silla y removió las piezas con las manos.
—¿Y cómo vamos a saber dónde va cada una, si no sabemos lo que sale?
—Juntándolas —dijo Gea.
Estuvieron un buen rato. Gea con los bordes, Sofía con todas las piezas azules, que eran cielo seguro, y el padre con las que no eran de nadie. La lluvia sonaba en el toldo del vecino de abajo.
—Papá, ¿y lo de internet? ¿Al final todo se publica?
—Más o menos como esto. —Señaló la mesa—. Las piezas están todas. Cada una en su sitio de internet, y cada sitio en su caja. Lo que no hay es tapa: nadie ha puesto el dibujo entero.
—¿Y por qué no la ponen?
—Porque la ley les obliga a publicar cada pieza. La tapa no se la pide nadie.
—Entonces el padre del de las gafas tiene razón.
—Tiene su parte. Está todo. Lo que no está es la suma.
Sofía cogió una pieza azul y le fue dando vueltas hasta que encajó.
—¿Y lo esconden?
—No he encontrado que lo escondan. Está todo a la vista. Solo que suelto.
—Pues suelto es como escondido —dijo la niña—. Pero sin tener que esconderlo.
El padre dejó la pieza que tenía en la mano. A él le había costado varias noches llegar ahí, y ella había llegado con una pieza de cielo.
—Eso lo creo yo también. Pero eso va en «Lo que yo creo». Lo comprobado es que está suelto.
—¿Y tú lo has juntado?
—Un trozo. El de los de arriba del Gobierno, con el lápiz. El resto no lo puede juntar un hombre solo.
—Pues que lo junten ellos, que tienen todas las piezas.
—Eso he pedido. Por escrito.
—¿Y te lo van a dar?
—Tienen un mes para contestar.
—¿Y si no contestan?
—Entonces es que no. Y eso también va a la carpeta.
Gea levantó la vista de los bordes, solo un momento, y volvió a lo suyo.
A media tarde, a Sofía le sobraba una pieza. La había probado en todas partes.
—Esta no es de aquí. Será de otro puzle.
—Es de este —dijo él—. Todas son del mismo dibujo, aunque cada una suelta no lo parezca.
Le cogió la mano con la pieza y se la llevó despacio hasta un hueco en el centro, donde no había mirado nadie. Encajó.
—Con la gente pasa igual, hija. Suelta, cada una parece de otro sitio. Pero el problema no está en la gente.
Sofía se quedó mirando el hueco que ya no estaba.
Cuando pusieron la última, era un árbol grande, cargado de fruta, en medio de un campo. Antes de desmontarlo, Gea le hizo una foto con el móvil.
—Mañana la imprimo y se la pego a la caja —dijo—. Para la próxima vez. Ya tiene tapa.
Sofía miró la foto en la pantalla, y luego a sus padres.
—Papá, ¿y lo vuestro? ¿Cuánto pagáis mamá y tú? Eso no lo tiene que publicar nadie: lo podéis juntar vosotros.
Él miró a Gea. La nómina había llegado el viernes, y seguía en su bolso, sin abrir.
—Pues eso, justamente, no lo sé aún. Déjame mirarlo.
Al anochecer, mientras Gea bañaba a Sofía y se las oía reír desde el pasillo, abrió la libreta por una página nueva y arriba escribió «La tapa». Si nadie publicaba el dibujo entero, por lo menos el grande, el de todo lo que se gasta, se podía montar con lo que había. A dónde iba cada euro por funciones ya lo sabía, de otra noche. Ahora lo quería por partidas: a quién se le paga.
Lo que gastaron todas las administraciones juntas en 2025: unos setecientos sesenta y cinco mil millones de euros. Fue poniendo las piezas grandes, de cada cien euros de ese gasto. Unos veintiséis y medio, a las pensiones de la Seguridad Social. Unos veintitrés con siete, a pagar a los que trabajan para las administraciones. Unos cinco con tres, a los intereses de la deuda. Y unos tres con dos, a las pensiones de Clases Pasivas, las de los funcionarios del Estado que entraron antes de 2011.
Luego miró la primera pieza más de cerca, porque no era lo que parecía. En las pensiones de la Seguridad Social no va solo quien trabajó en una empresa: van también los empleados públicos que entraron desde 2011, el personal laboral de las administraciones, casi todos los funcionarios de las comunidades y de los ayuntamientos, y los alcaldes, concejales y parlamentarios que cotizaron por su cargo. Clases Pasivas era solo un mínimo de lo que se paga a quienes sirvieron al Estado. Lo apuntó así, con una flecha de una pieza a la otra.
A los de arriba los buscó al final: la Casa del Rey, las Cortes, los altos cargos del Gobierno, los asesores, los expresidentes. Al lado de todo lo demás, una fracción mínima. Eso fue a «Lo que gana Justo», en la página del Arca, con lo que ya tenía: hay ley, hay portal, cualquiera puede pedir lo que no está, y las cuentas de la Casa del Rey están auditadas. Pero debajo puso lo otro, que también era verdad: era poco, y era la parte con reglas propias, la más difícil de sumar.
Y en la columna de lo que no encaja, una cosa de la deuda. Entre 2021 y 2025, la subida de los precios le había quitado a la deuda, en lo que vale de verdad, más de lo que se pagó en intereses. Contada desde 1996, la cuenta salía al revés: los precios la habían rebajado en unos quinientos cuarenta y cinco mil millones, y en intereses se habían pagado unos setecientos setenta y cinco mil millones. Unos doscientos treinta mil millones más. No encajaba con lo de aquellos cinco años, y lo apuntó igual.
Gea asomó por la puerta de la cocina con Sofía envuelta en una toalla y el pelo todavía chorreando.
—¿Ya tiene tapa lo tuyo?
—La grande. La pequeña está en tu bolso.
Gea miró hacia la entrada, donde colgaba el bolso, y no dijo nada. Se llevó a Sofía a secarle el pelo.