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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 10 Papá, ¿quién hace el dinero?

Esa noche se sentó a buscar quién iba a pagar lo que debe el Estado, y no pasó de la primera línea. Para saber quién paga una deuda, antes hay que saber con qué se paga. Y él, que cobraba y pagaba facturas desde que abrió el taller, que tocaba dinero todos los días, no sabía de dónde salía. Lo apuntó en «Aún no lo sé» y apagó la luz.

Al día siguiente, a la vuelta de la piscina, pararon en el cajero de la esquina. Sofía, con el pelo todavía mojado, se puso de puntillas para oír cómo la máquina contaba los billetes por dentro antes de sacarlos por la ranura.

—Papá, ¿quién hace el dinero?

—El Estado —dijo él, mientras guardaba los billetes—. Lo imprime.

—¿Y cuando no le llega, imprime más?

Se quedó con la cartera abierta. Lo había dicho sin pensar, como quien dice que el agua moja. Era lo que había oído toda la vida, y nunca lo había mirado.

—Te acabo de decir una cosa que no he comprobado —dijo—. Esa no vale.

Sofía sonrió, contenta: le gustaba pillarlo.

—Pues apúntala en «No lo sé».


Esa noche se lo preguntó primero a Sofía IA, por ir más deprisa.

Sofía IA: El dinero lo emite el banco central. Los bancos prestan a unos clientes el dinero que han depositado otros: lo que unos ahorran, otros lo piden prestado.

Sonaba bien. Sonaba a libro de texto. Le pidió de dónde salía.

Sofía IA: Es lo que explican los manuales de economía.

Le escribió: «¿Qué manual? ¿Qué página?».

Sofía IA: No tengo el original. Te he dado lo que se suele explicar.

Así que fue a buscar a quien tenía que saberlo. Encontró un artículo del propio Banco de Inglaterra, el regulador del dinero en aquel país. Estaba en inglés, y lo fue sacando frase a frase con el diccionario, como hacía con los manuales de los coches de fuera. El artículo, decía al empezar, «explica cómo la mayor parte del dinero de la economía moderna lo crean los bancos comerciales al conceder préstamos».

Lo leyó despacio, por si lo había entendido mal. Más abajo lo explicaba: «cada vez que un banco concede un préstamo, crea a la vez un depósito equivalente en la cuenta del prestatario, y con ello crea dinero nuevo». No prestaban lo que otros habían ahorrado. Al prestar, lo hacían. Y el propio banco avisaba de que eso era «al revés de la secuencia que suelen describir los manuales».

Al revés de los manuales. Justo lo que Sofía IA le había dado por cierto.

Le escribió: «Lo que me dijiste es lo que dicen los manuales. El banco dice que es al revés».

Sofía IA: Tienes razón. Te repetí lo que se suele explicar, sin la fuente.

Buscó también lo que no encajaba, porque no quería quedarse solo con lo que le sorprendía. Los billetes y las monedas sí son de lo público. La ley lo dice así: «Los billetes y monedas denominados en euros serán los únicos de curso legal en el territorio nacional». Eso es lo que vale por ley en la calle. Y el banco que contaba lo de los préstamos no lo escondía: lo publicaba él mismo, para quien quisiera leerlo. Lo apuntó al lado.

Así que lo que él había dicho en el cajero, lo que dice casi todo el mundo, no era verdad. Los billetes, sí. La mayor parte del dinero, no: esa la hacen los bancos al prestar.

Entre una cosa y otra se tropezó con una palabra que le salía en todos los papeles: inflación. Creía saber lo que era, que suben los precios. Pero esa noche ya no se fiaba de lo que creía saber, y la buscó.

El diccionario de hoy dice eso: «Elevación del nivel general de precios». Pero en uno de la Academia de 1914, «inflación» solo era «Acción y efecto de inflar» y, en sentido figurado, «Engreimiento y vanidad». Y en uno inglés del año anterior la palabra ya era de dinero, pero de otra manera: «expansión o aumento indebido, por emisión excesiva; dicho de la moneda». Antes, la palabra nombraba la causa: el dinero que se hace de más. Hoy nombra lo que se ve después: los precios.

Y alguien lo había visto mucho antes que los diccionarios. En España, en 1609, un autor escribió contra la Corona, que rebajaba el valor de la moneda para tener más ingresos, y llamó a eso «maneras disfrazadas de ponerles gravezas y tributos». Tributos que nadie votaba. Era lo mismo que había encontrado con la hucha de Sofía, dicho hacía siglos.

Ya tarde, antes de acostarse, dio con un versículo de Isaías que parecía escrito para los precios: «Tu plata se ha tornado escorias, tu vino mezclado está con agua».

En «Comprobado» escribió: «La mayor parte del dinero la hacen los bancos al prestar: lo dice el propio regulador. Los billetes y las monedas son de lo público. “Inflación” nombraba antes la causa, el dinero de más; hoy nombra lo que se ve, los precios».

Y en «Lo que yo creo»: «Que si a una cosa le cambias el nombre, la gente mira a otro sitio. Con el nombre del efecto se mira a los precios, y no a quien hace el dinero».


A mediodía, mientras Sofía doblaba las servilletas en triángulo, él se lo dijo antes de que preguntara.

—Lo del cajero. Te dije que el dinero lo hace el Estado, y me equivoqué.

—¡Lo sabía! —Sofía dejó una servilleta a medio doblar—. ¿Quién lo hace, entonces?

—Los billetes y las monedas, sí, los hace lo público. Pero eso es la parte pequeña. La mayor parte la hacen los bancos cuando prestan.

—¿Con qué dinero?

—Con ninguno. Al prestar, lo hacen. Mira, como con los cromos. Imagínate que en el recreo hay alguien de quien todos se fían, y cuando le pides cromos, no te da cromos: apunta en su libreta «Sofía tiene cromos». Y todos aceptan lo de la libreta como si fueran cromos de verdad. Tú los cambias, los usas, y al final se los tienes que devolver.

Sofía lo pensó con una servilleta en la mano.

—Eso es hacer trampa.

—Eso no te lo digo yo. Es como funciona, y lo cuenta el propio banco. Si está bien o mal, eso aún no lo sé.

—¿Y la inflación? La señorita dice que hay inflación y que por eso todo está más caro.

—Ahora viene lo bueno. ¿Sabes qué quería decir antes esa palabra, en un diccionario de 1914? Inflar. Y también engreimiento y vanidad.

Sofía se rio con la boca llena de pan.

—¿Los precios son vanidosos?

—Los precios no. La palabra era de inflar: meter dinero de más, como aire en un globo. Luego cambió, y hoy quiere decir que suben los precios.

Gea, que libraba ese día y estaba cortando el pan, levantó el cuchillo.

—Pues hoy quiere decir eso, y es lo que yo veo en el carro. Las palabras cambian, y la gente la usa así. No es ningún engaño.

—Eso es verdad —dijo él—. Hoy el diccionario dice eso, y está bien dicho. Lo que yo creo es otra cosa: que antes, con esa palabra, uno miraba al que hacía el dinero de más. Y ahora mira al de la tienda.

Sofía cogió la jarra del zumo y la miró al trasluz.

—Es como cuando la abuela le echa agua al zumo para que llegue para todos. Hay más, pero sabe menos.

El padre dejó el pan en la mesa. Él lo había leído en Isaías la noche anterior, y la niña lo había dicho sin leerlo.

—¿Y mis monedas? ¿Mañana valdrán menos todavía?

—Mañana está muy lejos, hija. Solo existe el hoy. Y hoy sabes una cosa que ayer no sabías.

Sofía terminó de doblar las servilletas. Con la última en la mano se volvió hacia él, muy seria.

—Pues ahora que sé quién hace el dinero, me tienes que contar lo otro. Me lo prometiste en el coche. ¿Quién va a pagar lo que se debe?

—Ahora sí. Déjame mirarlo.