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Apocalipsis del Sistema
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Empezar a leer

Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 11 Papá, ¿quién va a pagar lo que se debe?

Esa noche buscó cuánto debe el Estado, y lo encontró enseguida, porque lo publican. Lo difícil fue entenderlo.

La deuda llegaba a una cifra que él no había escrito nunca en un presupuesto: billones. Un billón es un millón de millones. Y además estaban las pensiones que ya se han prometido, que no cuentan en esa deuda y que, sumadas, eran varias veces más.

Probó a hacerse una idea con el lápiz. Si alguien se pusiera a contar esa deuda de euro en euro, uno cada segundo, sin dormir ni comer, no acabaría en toda su vida. Ni sus hijos. Ni los hijos de sus hijos. Dejó el lápiz. Era tanto que no cabía en una noche, ni en una hoja, ni en la cabeza de una niña.

Pero no era la cifra lo que tenía que contarle. Era otra cosa, más pequeña y más seria: quién la iba a pagar. Y eso estaba claro. Se presume que los que vienen detrás aceptan pagar lo que hoy se debe. Y los que vienen detrás no han votado nada. Muchos no han nacido todavía.

Siguió leyendo, para no quedarse solo con lo que le asustaba. Y anotó también lo que no encajaba: las pensiones prometidas no son una deuda que haya que pagar mañana. Es lo que costarán, contado de golpe, a lo largo de muchos años. Eso también era verdad.

En «Comprobado» escribió: «Lo que hoy se debe lo pagarán los que vengan. Ellos no han votado nada. Se da por hecho que están de acuerdo».

Gea llegó tarde del trabajo, cansada, y se sentó a cenar en la cocina, con el plato que le había guardado. Leyó la línea nueva mientras comía.

—¿Los que vengan? ¿Como Sofía?

—Como Sofía.

Gea dejó el tenedor en el plato.

—Pues eso no se lo cuentes de golpe, que luego no duerme. Cuéntaselo como le cuentas lo de los coches. Por partes.

Él asintió. Tenía razón, y lo sabía.


A la salida del colegio, camino de casa, pasaron por delante del taller de chapa de la otra calle. Tenía la persiana bajada desde el verano y un papel pegado, ya amarillo, con un sello.

—¿Por qué está siempre cerrado? —preguntó Sofía.

—Porque el dueño debía más de lo que podía pagar. Cuando pasa eso, va un juez, mira lo que queda y lo reparte entre los que esperaban cobrar. Y se cierra.

Sofía se quedó mirando el papel del sello.

—¿Y al Estado le puede pasar? Con todo lo que debe.

Él no lo sabía. Iba a decir que sí, que a todo el mundo le puede pasar, y se calló a tiempo: todavía se acordaba de lo del cajero.

—Esta noche lo miro.

Esa noche lo buscó en la ley de las quiebras, y lo encontró en el primer artículo, como si hubieran querido dejarlo claro desde el principio: «Las entidades que integran la organización territorial del Estado, los organismos públicos y demás entes de derecho público no podrán ser declarados en concurso». Concurso es como llama la ley a la quiebra. Al taller de la otra calle, sí. Al Estado, no.

Luego hizo lo que hacía cuando un cliente le discutía una factura: antes de contestarle, se puso en su sitio. Un Estado no se puede cerrar como un taller: presta servicios que no pueden parar, y como cobra impuestos, siempre puede pagar. Y sus cuentas las examina un tribunal, el de Cuentas, que publica lo que encuentra. Lo apuntó al lado. Eso también era verdad.

Luego encontró la otra cosa, en la Constitución misma. Cuando no llega para todo, lo primero que se paga es la deuda: su pago «gozará de prioridad absoluta». Ningún otro gasto tiene esa frase en la Constitución. Ni los colegios, ni los hospitales, ni las pensiones.

En los Proverbios encontró una línea que lo decía más corto: «el que toma prestado, siervo es del que empresta». Y en el Evangelio, el amo le dice a su administrador: «Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo».

En «Comprobado» escribió: «Al Estado no se le puede declarar en quiebra: lo dice su propia ley. Y su deuda se paga antes que nada: lo dice la Constitución. Tiene su razón: un Estado no se cierra como un taller».

Y en «Lo que yo creo»: «Que quien no puede quebrar tampoco tiene que dar cuentas como un deudor. Y que el que debe tanto no es libre del todo».


En el desayuno se lo contó por partes, como le había dicho Gea.

—¿Te acuerdas del taller de chapa? Al Estado no le puede pasar. Su ley no lo deja.

—¿Porque las leyes las hace él?

Él dejó la taza en el plato.

—Eso lo has dicho tú, no yo. Pero sí, esa ley la escribe él.

—¿Y qué más?

—Que cuando no llega para todo, lo primero que paga es lo que debe. Antes que lo demás. Imagínate que en casa, un mes que no llegara, lo primero no fuera la comida ni la luz, sino el que nos prestó.

—¿Antes que la comida?

Gea, que se estaba haciendo la coleta delante del espejo del pasillo, asomó la cabeza.

—Hombre, también tiene su lógica. Si no le pagas al que te presta, la próxima vez te presta más caro. O no te presta.

—Eso también es verdad —dijo él—. Lo apunté anoche al lado.

Sofía removió la leche con la cuchara, despacio.

—Entonces el que presta siempre gana.

—Eso no lo sé. Lo que sé es lo que dice un libro muy antiguo: que el que toma prestado es siervo del que presta.

—¿Siervo es como esclavo?

—Parecido. Alguien que no es libre del todo.

Sofía se terminó la leche sin decir nada más. Pero al salir hacia el colegio, en la escalera, fue contando los escalones en voz baja, como hacía cuando algo le daba vueltas.


Al día siguiente, Sofía le cogió la cartera mientras él fregaba, como hacía a veces para mirar las fotos. Sacó el carné de identidad y leyó en voz alta, despacio, como en clase.

—Veintinueve de marzo de 1972. ¿Y a qué hora naciste?

—A las nueve y media de la noche. Lo dice tu abuela, que no se le ha olvidado nunca.

—Eras un bebé.

—Era un bebé, y no sabía nada de nada. Como tú cuando naciste.

Sofía dejó el carné en la mesa.

—¿Y quién va a pagar lo que se debe?

Él se secó las manos. No le iba a dar la cifra. Le iba a dar lo que significaba.

—Los que vengan detrás. Tú, cuando seas mayor. Y los que todavía no han nacido.

—¿Yo? ¡Pero si yo no he gastado nada!

—Ya lo sé.

—¿Y cuánto es?

—Tanto que, si lo contaras de euro en euro, uno cada segundo, no acabarías en toda tu vida.

Sofía abrió mucho los ojos. Luego se le arrugó la cara, como cuando se le cae algo que no tiene arreglo.

—Me da miedo.

El padre se sentó a su lado.

—Escúchame. La duda es el nido del miedo. Lo que no sabes, te asusta más que lo que sabes. Así que vamos a mirarlo por partes, como un motor. ¿Lo tienes que pagar mañana?

—No.

—¿Lo tienes que pagar tú sola?

—No.

—¿Puedes aprender cómo funciona, para que no te lo cuenten mal?

—Sí.

—Pues ya es más pequeño.

Sofía se sorbió la nariz y asintió. Se quedó un rato pensando, con la barbilla apoyada en la mesa.

—Pero no es justo que lo paguen los que no han nacido.

—Eso es lo que yo creo también.

—¿Y la Constitución no dice nada? La señorita dice que la Constitución promete muchas cosas a la gente. Una casa, un trabajo, que te cuiden cuando eres mayor.

—Algo de eso dice, sí.

—¿Y lo cumple? Papá, ¿el Estado cumple lo que promete?

Él miró la hoja de las tres columnas, llena ya hasta el borde, sujeta con el salero.

—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.