Saltar al contenido
Apocalipsis del Sistema
Menú
Empezar a leer

Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 12 Papá, ¿el Estado cumple lo que promete?

Esta vez no fue una noche. Fueron muchas.

Abrió la Constitución y se puso a buscar, uno por uno, los artículos que tienen que ver con la gente, con el bien de todos. Una vivienda digna. Un trabajo. Que te cuiden cuando eres mayor. Que protejan a la familia. Y para cada uno buscó lo mismo que busca en un coche cuando el cliente dice que ya está arreglado: si funciona o no funciona. No lo que dice el papel, sino lo que pasa.

Fue lento. Algunos artículos tenían detrás una ley; otros, solo una frase bonita. Algunos se cumplían. Muchos no. Llegó un momento en que la hoja de las tres columnas ya no le servía, y tuvo que hacer una tabla en la libreta del taller, con una fila por artículo.

Cuando terminó, contó. De los artículos que afectan a la gente, más de seis de cada diez no se cumplen. Y luego contó los otros, los que organizan a los que mandan: cómo se eligen, cómo se reparten el poder. Ahí, menos de tres de cada diez. Lo que toca a la gente se incumple más del doble que lo que organiza el poder.

Lo apuntó tal cual en «Comprobado», con su porqué al lado. Y apuntó también lo que no encajaba con su enfado: que hay artículos que sí se cumplen, y que algunos están todavía por ver.


Una de aquellas tardes, en el coche, Sofía traía una noticia del recreo.

—El de las gafas dice que su primo no encuentra piso, que están todos carísimos. Y que su padre dice que da igual, que la Constitución dice que tienes derecho a una casa, y que si no te la dan, vas al juez y te la tienen que dar.

—¿Eso dice su padre?

—Eso. Y que si el Estado te quita un derecho, hay un tribunal que te ampara. Que para eso está.

El padre puso el intermitente. Había pasado por el artículo de la vivienda esa misma semana, y no se había parado en él.

—Lo tengo apuntado. Déjame mirarlo bien.

Esa noche volvió a él. Decía lo mismo que el padre del de las gafas: «Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada». Pero unos artículos más allá había otra frase, que lo cambiaba todo. Esos derechos, el de la vivienda y otros parecidos, «Sólo podrán ser alegados ante la Jurisdicción ordinaria de acuerdo con lo que dispongan las leyes que los desarrollen». Es decir: con la Constitución en la mano no se va al juez a pedir una casa. Hace falta una ley que diga cómo, y lo que esa ley diga es lo que se puede pedir. La Constitución lo llama derecho, pero es un encargo a los que hacen las leyes.

Lo del tribunal que ampara también existía, y también lo buscó: el recurso de amparo, ante el Tribunal Constitucional. Encontró la memoria del propio tribunal de un año entero. De los recursos que le llegaron, que fueron miles, no admitió ni uno de cada cien.

La otra cara no tuvo que buscarla: se la dio Gea, cuando él se lo leyó en voz alta en la cocina.

—Hombre, una casa para cada uno no se saca de debajo de una piedra. Hay que hacerla, y eso cuesta. Por eso lo dejan en manos de las leyes, que dirán cómo y cuándo.

Era lo mismo que contestaba la otra parte en todo lo que había leído, dicho más corto: que esos derechos son un encargo a los que hacen las leyes, que dependen de lo que haya, y que algunos se cumplen. Hay sanidad para todos, y una pensión que, comparada con la de otros países, es de las altas. Lo apuntó al lado.

Antes de cerrar la libreta dio con una frase de Santiago que parecía escrita para las promesas: «Así también la fe, si no tuviere obras, es muerta en sí misma».

En «Comprobado» escribió: «La Constitución llama derecho a la vivienda, pero no se puede pedir al juez sin una ley que diga cómo. Y el tribunal que ampara, de cada cien que llaman a su puerta, abre a menos de uno».

Y en «Lo que yo creo»: «Que lo que no se puede reclamar es una promesa, no un derecho».


Al día siguiente se lo contó a Sofía mientras ponían la mesa. Ella colocaba los tenedores como si fueran soldados.

—¿Cumple o no cumple?

—De cada diez artículos de la Constitución que tienen que ver con la gente, más de seis no se cumplen.

Sofía dejó un tenedor en el aire.

—¿Más de la mitad?

—Más de la mitad.

—Pero está escrito muy bonito. La señorita nos lo leyó.

—Está escrito muy bonito, sí.

—¿Y lo de la casa? Lo del primo del de las gafas.

—Está escrito como un derecho. Pero solo se puede pedir al juez cuando haya una ley que diga cómo. Es como si en el cole os dijeran que tenéis derecho a recreo, pero solo cuando alguien escriba en qué patio y a qué hora. Y mientras nadie lo escribe, a clase.

—¿Y el tribunal que ampara?

—Existe. Pero de cada cien que le piden ayuda, no llega a uno al que le abre la puerta.

—Pues yo me lo creo igual —dijo ella, y siguió con los tenedores—. Porque lo prometieron.

El padre se sentó en la silla de la cocina. Le iba a contar una cosa que no le había contado nunca.

—Mira. Imagínate que en el colegio os dicen que, si os portáis bien, os van a dar una pelota nueva. Y tú te portas bien. Mucho tiempo. Y la pelota no llega. ¿Seguirías creyendo que te la van a dar?

—Sí. Porque lo prometieron.

—Eso me pasó a mí una vez.

Sofía se volvió.

—¿Con una pelota?

—Con una persona. Antes de conocer a tu madre. Conocí a una mujer con la que creía que tenía muchas cosas en común. Me hacía reír, me sentía a gusto, todo parecía que iba a ser de una manera. Y yo me ilusioné. Me monté castillos en el aire.

—¿Y qué pasó?

—Que una mañana desapareció. Se fue con otro, sin decirme nada. Y yo no entendía nada. Me quedé esperando la pelota.

Sofía se acercó despacio y se sentó en el borde de la silla de al lado.

—¿Y qué hiciste?

—Tu tío, mi hermano, me dijo una cosa que no se me ha olvidado nunca: «Hazle caso al hecho, y acéptalo. Esa persona va saltando de flor en flor. Si no lo asumes, te vas a dar un golpe muy grande». Y tenía razón. Yo me creía lo que quería creer, no lo que estaba pasando.

—¿Y te diste el golpe?

—Un poco. Pero menos, porque le hice caso.

Sofía se quedó mirando el mantel.

—¿Y luego conociste a mamá?

—Luego conocí a tu madre. Y con ella, lo que dice y lo que hace es lo mismo. Por eso me fío.

Ella sonrió sin querer, y luego se puso seria.

—Entonces la Constitución es como aquella mujer.

—No. No es una persona, y no le voy a poner cara a nadie. Lo que te digo es otra cosa, y es lo que yo creo: lo que alguien quiere de verdad se mide por lo que hace, no por lo que dice. Las intenciones se miden por el resultado. Lo demás es cuento.

—Por la pelota.

—Por la pelota.

Gea, que ese día entraba más tarde a trabajar, llegó en ese momento con el pan, vio al padre y a la hija sentados, con la mesa a medio poner, y no preguntó nada. Dejó el pan, le dio un beso a la niña en el pelo y otro a él en la frente.

Mientras comían, Sofía estuvo callada. Al final, con la cuchara en la mano, preguntó:

—Papá, si no cumple lo que promete, ¿por qué manda? ¿Quién le dio el poder al primer Estado?

Él la miró. Ya no le sorprendía. Cada pregunta de la niña le mandaba un poco más atrás.

—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.